El signo y sus fantasmas

«(…) la india les explicó que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado»

Gabriel García Márquez

1. La fuente del agua

En el año 2000 la revista Fortune decía: “El agua promete ser en el Siglo XXI, lo que el petróleo fue en el Siglo XX: una preciada mercancía que determina la riqueza de las naciones”, en realidad lo es para determinar la riqueza de las corporaciones. Cada semana mueren 42,000 personas por enfermedades relacionadas con la escasez y la mala calidad del agua; 2, 600 millones carecen de inodoro y 1,100 millones de seres humanos en el mundo no tienen acceso a agua potable. En México y América Latina cerca de 77 millones de habitantes no tienen abastecimiento de agua potable, en particular las poblaciones indígenas y de las zonas rurales de México, El Salvador, Perú y Guatemala.

Los más afectados son los pueblos pobres de la tierra, por una razón sencilla y oprobiosa: el agua de nuestro mundo se privatiza aceleradamente y sus propietarios ya no son las sociedades sino las transnacionales. Según el Banco Mundial la venta de agua embotellada produce ganancias anuales de 8 mil billones de dólares a nivel internacional. ¿Los beneficiados?: Compañías como Vivendi, Suez, Monsanto, Coca-Cola, RWE o Nestlé. El profesor John Anthony Allan del King’s College de Londres mostró que para producir una bolsa de papas fritas se requieren 180 litros de agua, porque ella es imposible sin el regadío de la planta, o el consumo propio de los procesos industriales que implican su elaboración, empaquetado y transporte. La masa de agua detrás de una hamburguesa es de casi 2, 400 litros, mientras que un pantalón de mezclilla consume 10,000 litros en su fabricación. Aún vivimos en un mundo que no se pregunta cuanta agua se utiliza para producir lo que consume, aunque cada vez sea más superfluo e innecesario. Malí depende del río Níger, pero su caudal ha disminuido y se ha contaminado de tal forma que está en los límites de un desastre ambiental. La mitad de la población de Nigeria no tiene acceso al agua potable. Diariamente caravanas de mujeres recorren vastas regiones bajo un sol abrazador para encontrar un agua medianamente idónea para el consumo. Las Naciones Unidas han vaticinado que en los próximos 25 años el acceso al agua será una de las principales causas de conflictos y guerras en África. El caudal sagrado del río Ganges se ha reducido de tal forma que los manglares y pantanos de Bangladesh corren el riesgo de secarse. Sus aguas muestran concentraciones riesgosas de arsénico, y sus riberas se hayan sometidas a un proceso de deforestación inclemente que aumenta el riesgo de su desecamiento. El mar de Aral fue alguna vez el cuarto más grande lago del mundo, una de las regiones más fértiles del planeta. Hoy es un deprimente desierto tóxico en el corazón de Asia Central. Entre 1962 y 1994 se redujo el nivel de las aguas en 16 metros, y la región circundante detenta hoy una de las tasas más altas de muertes infantiles en el mundo: anemia y cáncer causado por los desechos químicos vertidos sobre el lecho seco.

“¿Quién se queda con el agua? El mono que tiene el garrote. El mono desarmado muere de sed”. Eduardo Galeano

2. Un mundo simbólico

El Siglo XX aprendió que nuestra experiencia del mundo se articula en la urdimbre simbólica de los lenguajes. Como los celentéreos, segregamos la sustancia en la que vivimos: ese médium vital de signos al que Lotman llamó la semiósfera, con la intensión de mostrar, por su paralelismo con el concepto de biósfera, el carácter crucial, vital e irreductible que tiene para nosotros. No hay sociedad sin lengua, como no hay ser humano sin lenguaje. Pero este consenso simbólico es deudor de una larga tradición filosófica que se advierte desde Aristóteles, se proyecta en los estoicos y alcanza un punto crítico en Berkeley. Schiller le ha llamado a esta condición la “apariencia”: logro antropológico propio del estadio estético en que establecemos un principio de separación con la continuidad fáctica en que nos encontramos:

“Mientras el hombre, en su primer estado físico, acoge el mundo sensible por modo meramente pasivo, limitándose a sentirlo, forma todavía un todo con el mundo; y por lo mismo que él es simplemente mundo, no hay en realidad mundo para él. Sólo cuando, en el estado estético, coloca al mundo fuera, es decir, lo contempla, sólo entonces separa de él su personalidad, y entonces le aparece un mundo, precisamente porque ha dejado de formar un todo con él” (Kallias: cartas sobre la educación estética del hombre –Schiller)

La apariencia conquistada es la creación de un mundo otro, sobre el mundo de la contigüidad, un mundo de símbolos que lo impregna todo, en una suerte de semiotización fatal que abarca íntegro el horizonte: desde nuestras manos hasta los nombres de los astros, desde la narración del pasado, hasta las figuraciones del provenir. Sólo en esa apariencia habitamos, la máscara nietzscheana es la más clara forma de mostrar que los signos se encarnan produciendo nuestro rostro. Esta línea de pensamiento ha enfatizado, de diversas formas, la inherencia del lenguaje en nuestro mundo humano. De allí el apunte crítico de Ricoeur ante la autoreflexividad excluyente del discurso cartesiano: el cogito no es posible sin lenguaje. Es equívoca la constancia de un principio epistémico absolutamente íntimo, anterior a todo presupuesto. La formulación misma del “yo pienso” muestra que no hay autoevidencia, porque sólo en el lenguaje es declarable. Un quiste meta-solipsista estalla en su centro: el despliegue pleno del universo exterior, intersubjetivo e histórico de los signos. Los inmortales de Borges se hacían progresivamente inhumanos porque perdían el lenguaje y estaban destinados a no morir. Al igual que la inmortalidad, la clausura del lenguaje es el cierre de nuestra forma humana.

No hay “yo” sin pronombre que pueda designarlo, sin categoría horadada que por su vaciedad hace posible la formación de un campo semántico en el que se acopian las vivencias y se define la unidad posible del ser tal como mostró la lingüística de Benveniste. Pero esa unidad es una co-dependencia que también ofrece la lengua. No hay “yo” sin “tu” lingüístico, y sin su asunción naufraga la singularidad psíquica. “Tu” pronominal que establece la alteridad simbólica y vivencial, que demarca los límites propios y hace posible la validación de un mundo otro, más allá de nuestra piel y nuestros sentidos. Deleuze ha mostrado que el otro no pende de nuestra mirada, es más bien quien la hace posible, y también quien define, en un sentido profundo, nuestro horizonte perceptivo. El otro no es un espejismo, porque ocupa un lugar en el mundo, digamos, porque pone un mundo ante nosotros. El otro muestra cosas que no percibimos, regiones, historias, alteridades y recuerdos que prevalecen aunque no podamos verlos ni tocarlos. La otredad sustenta el mundo más allá, permite que desprendamos la mirada de nuestro ombligo. El otro señala territorios ignotos dotados de un sentido que aún no comprendemos, pero al que podemos arribar. Incluso muestra, en el sentido de Wittgenstein, significados y experiencia inaccesibles para nosotros, pero que pueblan la vida con una riqueza que la anima y dimensiona. El mundo es pletórico y vasto con la presencia del otro; pero sin él, es sombrío y triste, brutal y crudo.

La unidad del “yo” se configura, probablemente, en una trama compleja de relatos de sí que se triangulan en la memoria de nuestra propia voz, y de las voces de los otros, como ha sugerido MacIntyre. Esa narración que emerge desde dentro y desde fuera, en un doble flanco es parte de un tejido simbólico que alcanza, en el otro extremo del arco, el horizonte de la cultura y el territorio de la historia. Redes institucionales, practicas colectivas, alianzas, estructuras de parentesco o campos de interacción social tienen sentido sobre y a partir de la urdimbre de símbolos en que consiste la cultura, tal como indicaran Viktor Turner o Yuri Lotman. Estas tramas no son un a priori kantiano, esquemas que forman universalmente la cosa según estructuras trascendentales de espacio y tiempo, por tanto configuraciones del sujeto previas a la experiencia, a toda experiencia y localización. Son tramas en el devenir histórico, en el cambio de las sociedades, en la decantación y variabilidad de las tradiciones. Wittgenstein nos enseñó que el lenguaje envuelve la totalidad de nuestra experiencia, y que incluso sólo hay mundo para nosotros en esa organización simbólica de la que provenimos y que a la vez constituimos. Quizás una paradoja nos define: somos el resultado del universo simbólico que creamos.

3. El despliegue del simulacro

Sobre la signicidad constitutiva, Baudrillard ha imaginado una segunda signicidad, autotélica, desgajada de referencia y generativa: capaz de producir sobre el vacío su propia ontología.

La imagen es el reflejo de una realidad básica, decía Baudrillard hace treinta años, y con ello iniciaba una ristra que buscaba señalar la pulverización del compromiso sígnico con el mundo. La imagen enmascara y pervierte la realidad básica, con ello indicaba el segundo momento de esta zaga icónica en el que la imagen perdía la inocencia del mundo clásico y se revelaba capaz de mentir. La imagen señala la ausencia de una realidad básica, el mundo moderno distiende la imagen reproduciéndola masivamente, destituyendo el aura tal como anunciara Walter Benjamin, instituyendo un espectáculo interminable en palabras de Guy Deboard. Por fin, el simulacro de la propia imagen donde ya no hay relación con realidad alguna, donde los límites entre la representación y la realidad se derrumban y no viene al caso la diferencia entre los signos y su referencia: el simulacro devora el mundo y produce su propio topos, su Cyber-topos.

Baudrillard ha anunciado un nuevo regnum de la cultura que se despliega en la pureza total de su comunicabilidad, en la signicidad sin referencia: la lisura de la pantalla digital o la limpidez del holograma eléctrico. No se trata del régimen propio de los significantes, porque estos reclaman sus significaciones y ellas apelan, de una u otra forma a la referencia. Se trata de los signos que generan signos- neoreales. Pero estos nuevos signos, ya no son traslúcidos sino densos, pesados, casi orgánicos. Ya no representaciones que deben su estatuto a que cargan su sentido sobre una mediación material arbitraria, una sustancia significante que no deja duda de la diferencia entre la cosa y su signo. Dos dislocamientos fundamentales preservan la cosa de su disolución total en el signo: la inmaterialidad del concepto, y la corpuscularidad del soporte de la representación. En la palabra, por ejemplo, la constancia de que un sonido porta una noción que interpreta la cosa en un trayecto cultural e histórico, es decir, en un lenguaje. La precesión de los simulacros, en cambio, revienta la diferencia porque el simulacro es somático: ya no representación de la cosa, ya no intelección terciada por un lenguaje extra-corpóreo, sino experiencia viva y total de la cosa sobre su ausencia. Cosa en el cuerpo, en ausencia de la propia cosa. Fatalidad semiótica invertida: porque no estamos ya ante el símbolo que abarca todo real, sino ante todo real que emerge del simulacro. Inmersión virtual tan íntegra perceptivamente que ya no se trata de engañar los sentidos, sino de absorberlos en el sistema electrónico. Entramos en lo que Paul Virilio llamó el “no-lugar de las tecnologías teletópicas”. Un extraño y familiar mundo donde los usuarios requieren y prefieren la experiencia virtual del mundo controlado y elegido por sus ilusiones. Espacio hiperreal capaz de superar el espacio al producir su experiencia plena sobre el vacío. Incluso, en lógica cyberpunk, como la elisión del propio cuerpo y su sustitución virtual en ondas electromagnéticas. Pero si el propio cuerpo puede sintetizarse, también puede hacerse lo mismo con el cuerpo del otro, en un proceso de estilización, refiguración, sustitución por el clon virtual elegido en el repertorio eléctrico. El otro deleuziano que abre y da constancia de la extensión del mundo, resulta colapsado, comprimido a la proyección propia del deseo de otro que no se plantea ya el trayecto a su mirada, sino que la produce a partir de la oquedad de la mirada propia.

4. El agua

La precesión de los simulacros se precipita en una doble relación semántica con Borges: se funda en la metáfora de los cartografistas del lejano imperio que construyeron un mapa tan grande como el mismo territorio y a la vez interpreta que el poema resulta insuficiente. Es así, porque para Baudrillard ahora las cosas no comienzan en un territorio del que emergerá un mapa, que en la hipótesis de Borges proyecta un enigma sobre el estatuto del territorio. Para Baudrillard no habrá más que mapa, del que emergerá ya no lo real, sino lo hiperreal, neo- mundo, en el que los fantasmas orgánicos son el punto de partida. Pero quizás el maestro de la retórica filosófica incurre en un error de retórica: porque al leer a Borges, no interpreta el poema como metáfora, sino como literalidad. Y en segundo lugar, porque desestima que al final de la historia, “las generaciones siguientes” encontraron que ese dilatado mapa era inútil, y lo dejaron, en ruinas, sometido a las inclemencias del tiempo. El mapa quedó, en pedazos, sobre el territorio. No hay aserción ni deserción del mapa, lo que hay en Borges es la anunciación de una paradoja. Baudrillard la ignora para afirmar sólo uno de sus cuernos. En el océano hiperreal podríamos alcanzar la inmersión total, bajo modelos de teledildónica: piel artificial plagada de sensores nanotecnológicos, sistemas holoacústicos y lentes lenticulares que impactan su láser directamente sobre la retina: presencia plena sobre la nada. Nunca una descripción más realista del mundo, nunca mayor definición en las formas, nunca luz tan clara, ni más alta nitidez en las líneas de las cosas. El cuerpo del otro en toda su complejidad, en sus pliegues más íntimos, examinado por nuestros apéndices cibernéticos sobre la nada. Podremos tocarnos mutuamente aunque nuestros cuerpos estén físicamente separados por continentes, o incluso, aunque no exista el otro. Podremos contemplar, en un efecto tridimensional y en constante reconfiguración según nuestros movimientos, los más hermosos paisajes, las cascadas más vívidas imaginadas, los lagos, y las cuencas más embriagantes. Como los inmortales de Borges, podremos reaccionar ante la monotonía y el entumecimiento, con la sensación del líquido primordial corriendo por nuestro rostro bajo la lluvia virtual, porque entonces la sentiremos en toda su eléctrica verdad Podremos tocar el agua de los ríos y sentir su temperatura y su textura… pero no podremos beberla. El agua magnífica se secará en nuestra boca, como un puño de arena. Su cristalina dulzura se tornará en aire, en evanescencia y resaca irremediables. La paradoja que Borges advierte se instala en un mundo capaz de producir la más intensa, viva y hermosa percepción del agua, sobre una realidad en que el agua se agota, y su evaporación resuena, con fuerza, dejando toda dildónica en ruinas, quebrando la autopoiesis y la autofagia del simulacro. No nos sustraeremos a la paradoja: ninguna cinematografía hiperreal, ninguna holografía hipersensoria, ninguna filosofía del hiperefecto cubrirá este faltante… este filo de la realidad que cortará las finas telas nanotecnológicas. No habrá más remedio que encarar la paradoja, como una forma de existencia vicaria (de lo fáctico-real y de lo hiperreal), entre la experiencia virtual del agua, y la cura de agua que el mundo requiere.

Vivimos cada vez más intensamente, no en la sustitución de los signos por las cosas, no en la adefagia del símbolo sobre la carroña de lo real, no en el funeral perpetuo de una realidad horadada sobre la nostalgia de las imágenes, sino en la paradoja acuciante y definitoria de un agua potable cada vez más exigua y un agua virtual cada vez más nítida y vívida. No es un asunto de alternativas ni de supresiones de alguno de los lados del dilema. No se trata de una paradoja superior al estilo de la “coincidentia opossitorum” de los símbolos jungianos, porque aquí nada lleva a un ascenso cósmico liberador. Es una paradoja de carencia y a la vez de intensificación. Quizás tenemos una pasión tan grande por las cartografías como los habitantes del viejo imperio de Borges, pero las ruinas del mapa no son para nosotros una etapa ulterior de la historia, porque aquí nada huele a la secuencia signo-ícono-simulacro. Nuestro tiempo no es ni el del simulacro postrero a la caída de lo real, ni el de la recuperación del mundo ante la ruina del mapa en las generaciones posteriores del imperio borgiano. Habitamos, con ilusión romántica cyberpunk o con nostalgia neocoservadora, el horizonte paradójico, contingente y difícil del simulacro y su deleimiento, o de lo real y su fantasma. En México el circo nos enseñó una imagen pregnante de esta condición ambigua: una mujer barbuda que al exhibir su rostro apelambrado también mostraba los grumos y chorros del pegamento. Esta dualidad no restaba un ápice la intensidad de la risa, porque siempre era una mezcla de asombro y escarnio, de deleite y descreimiento. La cuestión es que la oscilación que ahora experimentamos no sólo pone en juego la experiencia lúdica, sino el circo abismal, a veces macabro del simulacro bursátil que en el desplome de su malabarismo deja huellas de muerte sobre el territorio. Quizás la realización más plena del simulacro baudrilliano no sea la burbuja virtual, sino la fantasmática de Wall Streat: AIG contaba con 103,000 empleados y activos por más de un billón de dólares, sus patas estaban bien arraigadas en el mundo… Pero no sólo era una empresa de seguros, se trataba de un banco de inversiones especulativas, igual que Lehman Brothers, o Bank of America/ Merrill Lynch Nomi Prins coordinadora de los analista europeos de Bear Stearns y quien trabajó para Lehman Brothers ha comentado “Se trata de tomar deuda en exceso, de abusar del apalancamiento y pedir dinero prestado para ir por más riesgo y volver a pedir más dinero, una y otra vez, de 25 a 30 veces el monto de capital propio […] de modo que cuando alguna de las piezas cayera, ya fueran las hipotecas de alto riesgo o los créditos con garantías combinadas, todo estaría bajo una montaña gigantesca de préstamos entrelazados de manera incestuosa… hasta el punto en que se derrumbó todo el sistema bancario”. El simulacro sobre el simulacro en una espiral vertiginosa que fue formando un castillo hiperreal que terminó por resquebrajarse y caer como un mapa deshilado sobre un territorio desgarrado por la caída. Hoy, se anuncia nuevamente el recosido del mapa a costa del territorio, en espera de un nuevo desgarre sobre un territorio vivo y yacente.

El simulacro guarda una saga de sentido, incluso en Baudrillard… la elisión radical de sus alcances no ha sido tal que el maestro evapore su potencia significativa. No significación centrífuga, hacia el “afuera” del signo, sino significación centrípeta, enrollada sobre sí misma. Porque de esa significación se segrega, como un hongo, lo neo-real… Sin cuenca o desinencia de sentido, no hay germen para que prenda lo hiperreal. La cuestión es que esa significación que queda en el ícono para devenir simulacro, compromete la raíz fáctica de un mundo que en todas sus contradicciones resuena más allá de la refiguración ampliada y vertiginosa que supone devorarlo. El rosamiento, el intercorte permanente, el colapso o la tangencia de esa interferencia eléctrica y terráquea es presente y provenir de nuestra cultura.

 

Diego Lizarazo Arias
Profesor-investigador de Tiempo Completo de la
Universidad Autónoma Metropolitana – Xochimilco
Sistema Nacional de Investigadores Nivel II

Conferencia presentada el 15 de octubre de 2008 en el Coloquio Internacional “El signo y la cosa” co- organizado por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHSS – París-) y la UAM-X.

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