Metáforas de la sociedad cibernética

En el contexto de la ubicuidad cibertécnica en el que hoy vivimos todas las actividades humanas (desde la economía y la política, hasta la actividad lúdica y las relaciones afectivas) se reconfiguran a través de los recursos y estructuras que ponen en juego las tecnologías informativas. Pero so se trata de una transfiguración total: especialmente en Latinoamérica parece ser más propiamente un proceso en el que los agentes y estructuras sociales se encuentran en un doble desafío: el de adecuarse al escenario que se impone, y el de mantener en esta neo-realidad algunos de los sentidos, relaciones y formas de actuar que caracterizan el modelo clásico. Nuestra posición es entonces, transicional, en el espacio intermedio entre estas grandes modalidades de ejercicio y sinergia social. Pero la transición no implica que debamos necesariamente pasar del escenario pre-ubicuidad técnica, al escenario tecnocrático, como si se tratara de una impronta evolutiva. Debemos considerar con cuidado, la clara reemergencia de las ideologías de la evolución propias de los Siglos XVIII y XIX, bajo la forma de la innovación tecnológica del Siglo XXI. Condición transicional refiere a una condición imaginaria: la de las sociedades que se perciben en ese espacio intermedio, lo cual trae consecuencias culturales significativas en la acción social (política, educativa, institucional, etc.). Es posible apuntar a la dilucidación de ciertos aspectos de dicha condición imaginaria, adelantando las implicaciones de algunas de las metáforas con que la sociedad contemporánea, especialmente en el occidente tecnocrático, han procurado explicar el neo-mundo. Lograremos así, cuando menos, avanzar un elemento de este complejo campo imaginario: el de la retórica conceptual sobre la sociedad cibernética.

Metáforas de la realidad socio-técnica

Hace casi cincuenta años el desarrollo y extensión de las comunicaciones masivas propiciaron un interesante debate entre los que Umberto Eco llamó apocalípticos e integrados (1975). Los promotores inocentes y alineados de losmedios de comunicación como recursos para la democratización social y el contacto luminoso entre grupos, naciones y regiones; y los críticos severos que dibujaban una versión de los medios como dispositivos fatales para el control social e ideológico pleno de las masas. La historia cultural parece repetirse de alguna forma (aunque sabemos, el eterno retorno no es un círculo, sino una espiral), y hoy asistimos a la discusión entre los navegantes y los náufragos de la red. En los años sesenta Marshall MacLuhan planteó que las sociedades modernas resultaban refiguradas por los medios de comunicación, pero no por sus mensajes sino por su naturaleza. Hoy parece que cada vez nos encontramos más radicalmente inmersos en redes informáticas que abarcan un campo cada vez mayor de actividades humanas. Podemos decir que la experiencia individual y las relaciones sociales se ven gradualmente redefinidas y atravesadas por la mediación o por la resustancialización tecnológica.

Hablar de mediación o de resustancialización técnica tiene implicaciones diversas: la mediación supone una diferencia entre los sujetos y los medios (canales, soportes, conductos de la información), la resustancialización supone, en última instancia, que los medios no son exterioridades, sino que los instrumentos tecnológicos son parte del sujeto. En clave ontológica: que los instrumentos técnicos son una extensión del hombre (y que por tanto, o no son propiamente “instrumentos”, o podemos hablar de un hombre “instrumental” en el sentido de formado por dispositivos –que perfectamente pueden ser técnicos-). No es casual que para la literatura y la filosofía cyber, los sistemas informáticos constituyan las tecnologías más logradas de la extensión de la naturaleza humana porque prolongan el encéfalo.

Sin duda el desarrollo de Internet ha extendido a nivel global la información y la comunicación humanas, rebasando toda clase de límites temporales y espaciales, al mismo tiempo que el campo de experimentación que constituye la realidad virtual plantea una radical modificación de nuestros sistemas tradicionales de comunicación y representación. La computadora ha refigurado todos los ámbitos de la elaboración del discurso y de la expresión del sentido: hipertextos, discursos líquidos, infografías, simulaciones tridimensionales, construcción textual cooperativa, construcción de mundos posibles asistida por ordenadores, teletrabajo, telepresencia, teledildónica. La red parece convertirse con los años en el centro desde el que se irradian las transformaciones cruciales de la sociedad. Digamos que el ciberespacio constituye el más vasto experimento de expresión e interconexión simbólica que la cultura humana ha conocido, pero también es de facto, uno de los recursos nodales de las operaciones económicas a escala global. Aunque para las condiciones de la mayoría de la población del planeta estos recursos estén vedados, en realidad los equipos e inversiones requeridos para comunicarse, potencialmente, con cientos de personas alrededor del mundo, no son excesivos. Se requiere una computadora conectada a la red y cierta competencia técnica (básicamente rudimentos del lenguaje informático) para acceder, prácticamente, a cualquier información. Dicha información puede ser reproducida, recombinada y distribuida a donde se quiera, tantas veces como se desee. Pero esta suerte de paraíso libertario que parece ser la red, entra en conflicto con los propietarios de los derechos y con las compañías o instituciones que matizan e incluso se oponen a su uso irrestricto. Es interesante reconocer que de cierta forma el ciberespcio vuelve a plantear los debates fundacionales de la vida social: los ámbitos entre lo singular y lo colectivo, los límites entre la libertad y la propiedad. Regular o dejar la libre circulación en el universo intangible del ciberespacio. Previamente usábamos la metáfora de la navegación, tan propia de los años iniciales de la red, de su periodo rosa podríamos decir, cuando los usuarios pensaban en ella como un océano que deparaba continentes remotos y exuberantes, con la emoción y la aventura de los exploradores. El éxito mercantil y comunicativo de la Web ha convocado el interés de instituciones y empresas que la convierten, progresivamente, en un hiper-escaparate y un mercado potencial. Los cibernautas antediluvianos transmutan, sin advertirlo, en clientes virtuales; el lejano oeste, las praderas ignotas, los bosques desconocidos, se han convertido en plazas y calles públicas, atestadas de tiendas, donde todo se vende: salchichas, carros, sexo, libros, técnica, patria o poesía. El capitalismo se ha tomado casi de cabo a rabo la utopía simbólica libertaria de los cyberhippies de los ochenta. Internet que es gratuito se resustancializa en un gran centro comercial. Transitar Internet no es sólo buscar información sino convertirse en objeto de estrategias y finalidades comerciales. Quizás ya no somos usuarios sino clientes. A diferencia de los medios tradicionales que servían sólo para anunciar, Internet permite realizar el proceso completo: anunciar, vender y comprar. Y no sólo eso, permite con gran eficacia, lo que ningún otro medio podía dar al comerciante: una descripción y una huella personalizada de todos sus clientes o potenciales clientes. Digamos que ofrece una vigilancia más que política, mercadotécnica (y también sin duda, tiene el poder de seguir el rastro político, ideológico, identitario). En estas circunstancias, con estos intereses atravesando el océano informático, el orden y la seguridad se han convertido en dos cuestiones clave de la red. Con la deflación del antiguo anonimato, prolifera el mensaje publicitario, se estructuran las ciberpolicías, los gobiernos se plantean la necesidad de instituirse virtualmente e intervenir, mientras los proveedores de conexión se ven continuamente asediados por las demandas judiciales en relación con la moral, el orden y el respeto a la propiedad privada y la información confidencial. En este contexto han surgido dos metáforas para dar cuenta de éste fenómeno: la de la construcción de la superautopista de la información (promovida en EEUU por Al Gore), y la de la Sociedad de la Información promovida por la Unión Europea. Es curioso que el mayor teórico de la sociedad de la información, sea un sociólogo español en la Universidad de California (Berkeley). Castells insiste en que el panorama actual de la sociedad de la información plantea a los individuos y las sociedades la necesidad de ingresar a las redes y dinámicas informatizadas, so pena de terminar marginándose del desarrollo y de las posibilidades de sobrevivencia. Ha planteado que ya no es la tierra, ni el desarrollo industrial lo que permitirá hallar soluciones a los problemas actuales, sino la capacidad de acopiar, generar y utilizar información adecuadamente. Sin las condiciones cibernéticas que estructuran los aspectos nodales del mundo contemporáneo, las personas y los grupos, las comunidades y las naciones están destinados a la marginación y la pobreza. Pero ¿Quiénes tienen los beneficios de la nueva sociedad planetaria y quiénes las mayores limitaciones? La respuesta se encuentra recapacitando sobre los soportes en que se guarda o circula dicha información: cuando menos, son tres: el hardware (redes telefónicas y comunicaciones satelitales), el sofware (los paquetes programáticos), y las estructuras energéticas (la electricidad). Tales soportes están directamente relacionados con el nivel de desarrollo informático y el nivel de poder económico y político de las sociedades. Las posibilidades de la democratización informativa están en clara relación con la necesidad de resolver la disparidad infraestructural. Este problema plantea en sí mismo una paradoja: las tecnologías de la información y la comunicación permiten afrontar los principales problemas mundiales del desarrollo social y económico, la crisis ambiental, las desigualdades norte-sur, e incluso pueden coadyuvar a cualificar los mecanismos democráticos; pero para lograr eso requerimos precisamente dichas infraestructuras. Para alcanzar lo que no se tiene, se requiere aquello de lo que se carece. La nueva realidad socio-técnica beneficia a los países que vivieron y alcanzaron los resultados de la revolución industrial. Castells (2001) ha planteado que el desarrollo del capitalismo ha dejado atrás la fase industrial, y que las nuevas fuentes de riqueza y de poder en el mundo contemporáneo no están ya, prioritariamente, en el mundo industrial, pero quizás hace falta señalar más claramente que la revolución digital ha sido posible sólo para aquellas naciones que vivieron y viven el mundo industrial; sin esa base, el auréatico horizonte informático es sólo un espejismo. Los pobres del mundo no tienen las condiciones para aprovechar dicha revolución, se necesita construir las infraestructuras, y es realmente inocente pensar que los países ricos o las compañías poderosas tengan interés de montar electricidad y teléfono a los países y las regiones que no pueden pagar la instalación.

Últimamente aparece otra metáfora: la de la ciudad electrónica, Paul Virilio (filósofo y urbanista) la llama Telépolis (Virilio, 1995 y 1998), Internet pensado como una megaciudad de redes, con cyberautopistas, teleplazas y telemercados. Navegar es más bien conducir por la ciudad electrónica. De esta metáfora se desprenden algunos problemas clave: sin computadoras las personas carecen de puertas de entrada. Entonces el problema del equipamiento social no sólo radica en atender las necesidades de la escuela o del trabajo, sino igualmente las de la instalación doméstica. Una persona sin computadora y servicios de redes, será como un individuo alejado de los espacios sociales, un nuevo anacoreta. Por otra parte, las ciudades y Estados tienen límites relativamente definidos, los territorios y circunscripciones se rigen por leyes o estructuras constitucionales en algún sentido convenidas por la ciudadanía, pero ¿qué ocurre en la Telépolis?, al parecer es muy difícil determinar cuestiones como estas. En última instancia las fronteras regionales no vienen al caso en dicho mundo. Pero la jurisdicción liminar no aplica sólo hacia fuera, hacia las otras naciones, implica también igualmente un hacia adentro: hacia el recinto de lo privado, del domoi, del hogar de las personas. Las casas son ámbitos canónicos de lo privado, donde la polis o el Estado encuentran cierto límite, ese es el problema fundamental de Antígona: el conflicto entre los principios y valores íntimos, y las reglas y determinaciones públicas. En la ciberciudad los límites están rotos. Así los ámbitos públicos tienen un poder sobre los ámbitos privados, y a veces la diferencia se borra. Esto plantea un problema anterior al de los derechos y deberes de los usuarios de telépolis, el de la definición de lo privado y lo público, el de la comprensión de lo íntimo y lo colectivo en el ciberterritorio. Por otra parte hemos de reconocer que la red no sólo es un espacio para las comunicaciones y el comercio, sino que pone en juego diversas formas de interacción entre los seres humanos. Cuando alguien pone en circulación un virus a través de la red, o cuando alguien compra o vende, o cuando se compromete afectivamente con otro, no sólo intercambia información, sino que actúa. La participación en la red es siempre performativa. Podríamos decir que la red configura el nuevo escenario de la acción social. Esto permite clarificar la metáfora de Castells sobre la sociedad red, la sociedad interconectada, donde el espacio resulta redefinido. Castells señala que el espacio es, en la teoría social, el soporte material de las prácticas colectivas que se producen en el tiempo. El espacio reúne las prácticas simultáneas en el tiempo, y por tanto, adquiere significado social. Pero el mundo contemporáneo cuenta con las condiciones de dar soporte material a las acciones simultáneas sin necesidad de contigüidad física. Por eso Castells ha planteado que la sociedad contemporánea se constituye en torno a flujos: de capital, de información, de tecnología, de imágenes y símbolos. Tales flujos se estructuran y proceden en las redes electrónicas. Los flujos son la expresión de los procesos que dominan la vida económica, política y simbólica de la sociedad. El soporte material de nuestra sociedad es entonces, lo que hace posible la articulación de esos flujos en un tiempo simultáneo. Si las dinámicas dominantes de la sociedad se articulan en las redes cibernéticas, entonces la participación en dicho espacio constituye una cuestión vital de sobrevivencia, y ya hemos señalado la paradoja en la que se encuentra una parte sustancial de la humanidad al respecto. Pero también el hecho de que la sociedad se organice de tal manera tiene implicaciones relevantes para nuestra experiencia humana e intersubjetiva, incluso para nuestro ser individual y social. Estos ejes transversales atraviesan integralmente la problemática educativa: ¿cómo enseñar y aprender en un escenario como éste? En principio debemos reconocer que la lógica escolar resulta sustancialmente replanteada, porque en este nuevo escenario las lógicas tradicionales se colapsan en múltiples sentidos: curriculares, didácticos, estructurales. Sólo basta reparar en que las personas pueden acceder, con las condiciones técnicas y simbólicas adecuadas, a prácticamente cualquier conocimiento producido y que dichas personas pueden hacerlo por su cuenta, y según su elección. Quizás esto deja en un lugar inestable tanto las prácticas pedagógicas tradicionales, como la escuela y los sistemas educativos. La comprensión cabal de estas tendencias pasa por atender las implicaciones sustanciales de la nueva realidad socio-técnica. En este escenario es posible reubicar los desafíos de la educación contemporánea.

Referencias

Virilio, Paul, La bombe informatique, Éditions Galilée, París, 1998 Virilio, Paul, La vitesse de libération, Galilée, París, 1995. Zizek, Estudios culturales. Reflexiones sobre el multiculturalismo, Paidós, Buenos Aires/México, 1988.

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