El oficio del investigador: la investigación en comunicación, explicada por investigadores.

Entrevista a Diego Lizarazo Arias Por el Dr. Vicente Castellanos, Universidad Autónoma Metropolitana – Cuajimalpa

V. C.: ¿Por qué investigas?

D.L.: Quizá la razón de fondo es que quiero entender cosas que no entiendo. Hay una serie de realidades, de fenómenos humanos, sociales —personales incluso— que para mí aparecen como una pregunta. La investigación emerge de una interrogación y con esa investigación siempre tienes una respuesta incluida; es decir, yo creo que toda pregunta anticipa una respuesta, pero esa interrogación trata de resolver algo que para mí es enigmático, aunque también a veces investigo lo que sé, en el sentido de que quiero comunicar de manera convincente y argumentada a otros aquello en lo que creo.
La interrogación que quiero conocer tiene una relación con esta segunda posibilidad porque cuando me pregunto por algo que no acabo de entender, de alguna manera estoy suponiendo una respuesta a esa pregunta y en buena medida mi trabajo consiste en llegar a descubrir si lo que estoy pensando es el caso o no.

V. C.: ¿En qué momento de tu trayectoria académica te diste cuenta de esta característica tuya de preguntarte por lo que no sabes o investigar lo que sí sabes?

D.L.: Yo creo que hay dos momentos: uno muy personal y otro que está más vinculado con los circuitos académicos. El lado más personal tiene que ver con mi vida, especialmente la infancia y la adolescencia. Yo soy colombiano y luego cuando me vine para México, me ciudadanicé; de niño pensaba que iba a ser escritor, escribía poesía y escribía cuentos, me imaginaba haciendo literatura, mis inquietudes fundamentalmente se orientaban hacia lo poético, hacia lo narrativo y todo ese rollo; pero hacia el final de la infancia y comienzo de la adolescencia en Colombia se estaba viviendo un periodo de mucho conflicto social y había una dinámica política muy complicada, era un tiempo de intersección entre la emergencia del narcotráfico y su grado más virulento y más terrorista y del otro lado estaba toda esa inercia de la doctrina nacional, del paramilitarismo; mi hermano mayor estaba muy vinculado con la política y en mi casa comenzaron a vivirse situaciones de preocupación, de zozobra, de miedo porque mi hermano era militante de izquierda. Mi hermana mayor decía que quería ser periodista para contar la historia como era realmente, ahí empezó a virar mi voluntad de ser escritor a ser periodista, y yo decía: yo quiero ser periodista para poder interrogar qué es lo que estaba pasando en mi país y por qué razón personas de buena voluntad, que hacían las cosas bien, que trataban de que la situación de nuestro país estuviera en mejores condiciones, salían en listas de la muerte. Esa interrogante, esa idea de ser periodista para saber, tenía un fondo más profundo que era tratar de comprender que pasaba con mi tierra, con mis paisanos, con mi sociedad.

Yo creo que fue la primera vez que apareció como una necesidad real tratar de entender, de comprender cosas, porque yo tendría como 12 años, la edad de la infancia a la adolescencia, era una edad en la que ya entendía cosas, pero no tenía criterios, ni un pensamiento político medianamente formado, pero sentía muy emotivamente, muy carnalmente, muy vivamente que había cosas que estaban mal y que había cosas muy inequitativas, muy inaceptables que yo no entendía. Eso devino y tuvo su propio proceso.

Después me vine a estudiar a México e hice mi vida aquí y creo que empecé a interesarme por desarrollar una trayectoria en la investigación desde mi formación en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). La UAM tuvo una participación importante porque en mí, logró fascinarme la teoría; a mí siempre me ha gustado, desde la adolescencia, la filosofía, yo leí muy chico a Rousseau, leía cosas de Aristóteles, más allá de la escuela, siempre hubo maestros que fueron figuras que me aportaron ese gusto, ese interés.

Cuando yo era estudiante de secundaria tuve un maestro de filosofía que me trajo como tres meses con una pregunta: ¿Cómo refutar la aporía de Zenón de Elea? es una aporía famosa La aporía es sobre el movimiento, Zenón de Elea dice que el movimiento no existe porque si salen en una carrera Aquiles y la Tortuga, Aquiles, como es un súper corredor, le da unos cinco segundos de ventaja a la tortuga, pero dice que Aquiles nunca alcanzará la tortuga y la demostración de Zenón de Elea es que para que recorra la distancia que hay entre él y la tortuga, primero tiene que recorrer la mitad de la distancia, pero para que recorra la mitad de la distancia, se debe recorrer la mitad de la mitad y la mitad de la mitad y entonces se da una secuencia al infinito, nunca va a lograr cubrir el infinito. Esa pregunta la hizo mi maestro en filosofía y me capturó la idea, me pasé un chingo de tiempo tratando de resolver la paradoja y finalmente le di una respuesta, no sé si sea la respuesta adecuada pero mi maestro me dijo que esa era la atinada, luego descubrí que en Sócrates estaba la solución (previa incluso al propio Zenón), yo creo que desde ahí comenzó el interés de que había enigmas a los que uno trata de encontrar una respuesta.

Ya luego, en el trayecto en la UAM todo este interés en el pensamiento filosófico se canalizó a través de lo que empecé a conocer más sistemáticamente sobre el lenguaje, este asunto del conocimiento del lenguaje me empezó a interesar muchísimo, además de que conectaba con mis intereses de literatura en la infancia. En el fondo lo que había era una especie de amor, de seducción, de interés por la palabra y lo que ocurrió probablemente es que ese ingreso a la palabra lo realicé de forma indirecta, es decir, yo creo que el ingreso directo a la palabra es a través de escribir poesía, pero lo que hice fue tomar el camino largo, me fui hasta la filosofía y el lenguaje, la lingüística y la semiología para poder más o menos atrapar eso que a mí me parecía tan atractivo.

V. C.: ¿Siempre hay un vínculo entre investigadores y la escritura de amor o de odio?

D.L.: Sí, yo pienso que de amor-odio, pero tiene que ganar el amor porque si no te colapsas o renuncias o simplemente terminas siendo solamente profesor, si no das el paso a la cristalización de la escritura, no rebasas el ámbito de la docencia, y sí, yo tuve una relación de amor con la palabra y con la escritura también por la figura de mi padre —te va a resultar muy biográfico el asunto pero tu me dijiste que hiciera introspección—. Mi padre es una persona que toda su educación son seis meses de primero de primaria, mi padre es un campesino de la región de Santander que es una región limítrofe entre Venezuela y Colombia, una región montañosa, y él tuvo que emigrar de niño, a los diez años de edad tuvo que salir. Por la violencia del país habían muerto varios de sus familiares, entre ellos sus padres, eran varios hermanos, salieron juntos y se perdieron en el camino, es una historia maravillosa; él llegó a la ciudad de Bogotá como dos años después, y seis años después reencontró a sus hermanos en Bogotá.

Mi padre tiene una gran capacidad como narrador, pero narrador oral, escribe muy poco, le cuesta trabajo, él apenas tuvo seis meses de escuela, apenas sabía escribir. Tiene la facultad de atrapar un auditorio con la pura palabra, y además una capacidad de construir discursos uniformes, continuos, sin lapsos y sin lapsus, no le pasa eso de que la gente generalmente trastabillea y te dice: “eh!, claro, si” no tiene ese problema, él se va, fluye como un río, tiene una narrativa muy hermosa, raizal, natural, es una narrativa como muy campesina, muy propia de la oratoria de los mitos, de las cosmogonías, de los relatos andinos. Yo recuerdo que de niño nos contaba sus historias, casi todas de miedo —esas historias antiguas de La llorona, y todo eso— él hablaba de unos personajes una se llamaba La sombrerona otra una tal Patasola, historias de esas fantásticas, y a mí eso me fascinaba. Entonces, parte de la pasión por la palabra proviene de la palabra de mi propio padre. Regresé otra vez a la filosofía, cuando terminé la licenciatura y empecé a plantearme más seriamente comenzar a hacer investigación y a trabajar cuestiones de investigación más formalmente, pero en filosofía. Mis primeros trabajos de investigación fueron de tipo más conceptual.

V. C.: ¿En qué momento de tu trayectoria te consideraste investigador?

D.L.: Yo te diría que todavía no lo acabo de admitir porque pienso que por lo menos en México y América Latina que te dediques sólo a investigar es muy difícil —investigación que no sea mercadotecnia— ¿quién puede vivir de escribir que no sea literatura? Yo creo que nomás Monsiváis, en realidad nosotros en América Latina no tenemos campos de escritores de teoría, aquí no escribimos teoría, nadie puede vivir de la teoría, sólo de la teoría; tienes que dar clase, tienes que dar asesoría, muchas cosas para que puedas ahí llevarla. En otros campo sí, en Europa sí, en Estados Unidos sí, claro que pueden y viven de eso porque hay una infraestructura, una estructura cultural, educativa, incluso comercial, casi todas las universidades tienen buenas editoriales, editoriales rentables, nosotros no tenemos eso, gente que pueda comprar, no pueden más que sacar fotocopias, está difícil que empieces a vivir entre libros con las regalías que tenemos, es decir tu publicas un libro al que le va súper bien —siendo escritor de teoría—tus regalías son 5 mil o 6 mil pesos en un año, entonces, no puedes vivir de la investigación en México. En ese sentido, yo pienso que no tenemos investigadores, pero tenemos académicos que hacemos investigación. La vida académica también es una vida en la que por una parte haces mucha docencia, muchísima docencia y ganas un poco de tiempo para hacer investigación.

Yo empecé a sentir que podía dedicarme a hacer investigación como un componente importante de mi proyecto profesional a partir de trabajos que empecé a hacer con televisión educativa porque fueron trabajos que me pagaron, me pagaron por investigación que yo propuse, tuve la suerte de que logré convencer a las instituciones y financiaron mi proyecto de investigación. En ese momento empecé a decir bueno, efectivamente, ya aquí puedo encontrar un territorio, un ámbito real en el que mi investigación tenga resultados e incluso en el que yo mismo pueda, en ese sentido, poner parte de mi sobrevivencia en ella; es decir, yo creo que de alguna manera, el recambio económico es un criterio importante para saber que se está empezando a hacer investigación.

V. C.: ¿En qué momento dices que debes continuar o abandonar, cuando no se puede responder, una inquietud, una molestia, una pregunta de investigación?

D.L.: En mi caso yo creo que el proceso es una dinámica en la que por una parte tengo una idea de cómo son las cosas, de cómo es que funciona un determinado fenómeno que resulta relevante para mí o me parece que vale la pena trabajar para clarificar qué es lo que pasa.

Ahorita, por ejemplo, estoy tratando de llegar ya al final de un trabajo de investigación sobre maestros de escuela secundaria y tecnología cibernética. Por todas partes escucho la proliferación de la idea de la tecnología como un elemento fundamental de la sociedad contemporánea, pero me empiezo a preguntar ¿realmente es verdad lo de la aldea global, lo de la cibernetización y todo eso? Lo que aparece en mi caso es como una contravía, yo tiendo a pensar en contravía, el discurso dominante, el discurso que prolifera, lo que todo mundo dice es que efectivamente ya estamos en la Sociedad de la Información y lo primero que empiezo a decir es ¿realmente estamos en la Sociedad de la Información? Y empiezo a descreerlo, eso me permite formular una pregunta. Quizá lo que estoy tratando de hacer en el fondo es no reiterar la afirmación, trato de ver el lado contrario del sentido común o del sentido impuesto, eso es un preconcepto, a partir de eso trato de hacer la pregunta, emerge una interrogación, me empiezo a preguntar cómo puedo saber si realmente nos encontramos en un proceso de cibernetización de la sociedad y cuáles pueden ser sus bordes o sus límites.

Trato de enfocarme en un ámbito en el que pueda responder el asunto, y por eso yo decía: ¿cuál será la contraparte más clara de la Sociedad de la Información y la educación? Pues las secundarias, las escuelas secundarias, los maestros de secundaría, los chavos de secundarias públicas. En ese territorio que me parece tan distante, en un prejuicio a la retórica ordinaria, a la retórica oficial, enfilo mis baterías y trato de resolver esa pregunta, pero siempre aspiro a que la respuesta que dé a esa pregunta, a ese fenómeno particular, me dé pistas de algo más amplio, más general. También me siento en contravía de los presupuestos ordinarios de la investigación muy positiva, puedes comprometerte con decir que la verdad de lo que estás diciendo se refiere sólo a este personaje, a este grupo de individuos, no puedes generalizar, lo que procuro siempre es demostrar que debajo de todo lo particular o todo lo local hay una lógica y un sentido más transversal, más universal, que de alguna manera, lo que le pasa a los maestros de la secundaria No. 8 le pasa también a los maestro de la secundaria Luis Donaldo Colosio allá en Villa del Carbón y coincide con lo que estuve viendo con los maestros de las secundarias en Chiapas. Voy viendo que efectivamente hay un fenómeno transversal.

El proceso es primero descreer un poco del planteamiento ordinario, del sentido común o del sentido impuesto, sea oficial, teórico, o académico, y si en ese descreimiento descubro que tiene algo de sentido mi no creer, mi esfuerzo de desencantar, entonces empiezo a trabajar una formulación más sistemática y trato de enfocarme en una realidad que sea capaz de mostrarme ese otro lado, ese pliegue, ese revés.

V. C.: ¿Se puede enseñar eso a los estudiantes?

D.L.: Yo creo que se podría enseñar, pero no se enseña como un formato, como una técnica, ni como un procedimiento, se enseña en un acompañamiento, en una sintonización. Con mis estudiantes veo que ellos van encontrando la ruta en un proceso de, como dice Piaget, de aproximaciones sucesivas y en un proceso de padecimiento progresivo, es decir, van atravesando una curva de crisis, éxtasis, crisis, éxtasis, porque de repente dicen: “estamos perdidos, no tenemos ni idea, estamos mal” y de repente encuentran que tiene sentido y que ya lo lograron y otra vez el relajo de la crisis, es una dinámica de ese tipo. Pero no, yo no creo que se pueda formalizar, yo creo que una buena metáfora sería la de los maestros orientales, yo creo que esa enseñanza está más cerca del maestro Zen que del científico de Berkeley, es mucho más cerca, es acompañarlo, ver cómo hacen las cosas, que tú estés sensible a cuáles son las dudas que tiene el otro, sus interrogaciones, sus traspiés, todo eso.

V. C.: ¿Crees que al momento de hacer investigación se necesite ciertas dosis de creatividad?

D.L.: Yo creo que opera en varios niveles o en varias dimensiones, el proceso creativo que involucra todo el desarrollo de la investigación, está estrechamente vinculado con la dinámica misma del ejercicio de delimitación de los fenómenos, con la construcción del corpus, está estrechamente vinculado —voy a decirle así— con la teoría que te ilumina, es otro elemento muy importante en la construcción de la búsqueda de un camino, de una línea para investigar. Hace un rato planteaba que cuando construías un problema de investigación, en algún sentido, y un revés o un límite de lo ordinario, se convierte para ti en un ventana de entrada, en una realidad que tú quieres recolocar; pero no sólo eso, no basta con eso, tú encuentras una pregunta de investigación en la medida que tienes una serie de categorías, concepciones, argumentaciones y visiones teóricas decantadas.

Hace rato te iba a decir también respecto al momento en que empecé a investigar, yo puse el indicador externo: cuando mi trabajo de investigación valía económicamente; pero hay un indicador interno: cuando tú ya tienes un proceso de asimilación de visiones teóricas, de perspectivas conceptuales que están decantadas en ti y que ya operan sin que tengas que seguir una ruta, un formulismo, sin que tengas que plantearte un marco teórico, sin que tengas que decir: ah!, necesito tener a este autor y este autor y haces una lista, eso ya no viene al caso porque en realidad ya estás pensando conceptualmente. También creo que la formación de los investigadores tiene que ver en buena medida con una gran dosis de asimilación de visiones teóricas, algo que está muy en contravía del positivismo empirisista, que los anglosajones han querido meternos a fuerza, porque entre los anglosajones lo único que importa es el dato; pero me he encontrado antropólogos, teóricos buenísimos que piden que la gente haga interpretación sin haber tenido un marco teórico y a mí me parece que es imposible. Creo que en realidad das el paso hacia la investigación cuando ya tienes una densidad conceptual que te permite abrir caminos, formular preguntas, porque ya tienes referentes que iluminan zonas oscuras.

V. C.: Al ser investigador tienes que saber de qué tema estás hablando, saber mucho de ese tema, pero ¿En qué momento pasa uno de la erudición del dato, y cómo, a la sabiduría, a pensar por uno mismo?

D.L.: Primero estoy completamente de acuerdo contigo, creo que estás dando en el clavo, en un elemento sustancial, entre otras cosas creo que es parte de la crisis de la escuela y del maestro en la sociedad contemporánea. Mi interpretación global del asunto de por qué las tecnologías de la información y de la comunicación están poniendo en crisis a la escuela, es porque las tecnologías están ofreciendo lo que los maestros podrían ofrecer de mucha mejor manera que lo ofrecen los maestros: información.

Si la tecnología te da enciclopedias completas, accesibles de manera inmediata y con mucha más calidad, más organización que la que te ofrece un docente, entonces ya no te sirve un docente y no tiene ningún lugar en la sociedad; pero precisamente el problema es que en la modernización, el conocimiento se convirtió en información organizada, tabulada, indexada, etcétera, y se deshizo la otra dimensión del conocimiento que es la inseparable con la subjetividad, con la individuación, con la existencia; yo diría que lo que ocurrió en la modernidad lo estamos viviendo otra vez. En la modernidad el conocimiento se partió y el dato fue el sumo abstracto en sí mismo, pero la relación existencial con el conocimiento quedó en crisis, quedó en suspenso y los maestros, que son los que podrían poner en juego esa dimensión, ya no tienen las cualidades para hacerlo. Entonces lo que tenemos son maestros de secundaria, de primaria ─incluso de universidad─ que lo único que podrían aportar son datos, y si aportan datos están perdidos, porque la posibilidad para que la escuela reencuentre su lugar, cosa que en México me parece remotísima, es que el maestro vuelva a ser sabio o se aproxime a la figura del sabio; es decir, el experto y el erudito pueden ser cibernéticos, pero el sabio no puede ser cibernético porque tiene que ver con la existencia, tiene que ver con la experiencia, es aquel que es capaz de reconocer en medio del maremagno de datos aquel dato que se asoma de una manera muy ligera pero que es significativo, que es capaz de encontrar lo esencial debajo de lo banal, que es capaz de reconocer cuál es el camino que tiene el sentido, esa es una visión del educador, del maestro que no tenemos ya, y que deberíamos un poco de recuperar.

Creo que eso se logra en la medida en que, por una parte, progresivamente tu inteligencia académica se fortalece, se acopia información, pero especialmente se decanta, ese proceso en el que tú empiezas a descartar unas cosas y a dejar otras, y empiezas a descubrir que hay cosas que vienen al caso y otras que no, y adquieres la capacidad fundamental de sacar conclusiones y decidir que hay ciertas visiones que están equivocada y dar ese paso tan importante de decir: bueno, yo soy capaz de criticar ciertos autores y tengo la capacidad de poner en tela de juicio ciertas ideas. Yo creo que eso es un elemento fundamental, ese posicionamiento cuestionador me parece una clave. Por otro lado, también tiene que ver con una especie de actitud en el más genuino sentido socrático en una actitud meditativa, en esa idea socrática de poder estar cuestionando permanentemente todo.

Preguntarte es una cosa muy vinculada con la infancia, hay que lograr mantener ese espíritu infantil de asombro y de interrogación permanente. Yo creo que cuando se cancela el asombro, la interrogación, esto ya no sirve ni para la poesía ni para la ciencia ni para la teoría. Y ahí se alcanza a ver el asunto de la creatividad en la investigación, ya tuvimos una entrada tangencial; para empezar la investigación está muy estrechamente vinculada, en mi opinión, con procedimientos poéticos.

¿Por qué con procedimientos poéticos? porque en buena medida tú logras empezar a construir conocimiento, caminos significativos, cuando hallas buenas metáforas, la metáfora tiene un lugar muy importante en el conocimiento teórico, pero bien pensada, no la metáfora reducida a figura retórica porque eso es lo que hace cualquier político o cualquier publicista, o cualquier mercadólogo; es decir, no como metáfora muerta, no como esa metáfora pragmática, inútil, de inmediato, sino de una metáfora genuina que yo creo, tiene dos cualidades irreductibles, por una parte, es capaz de llevar un significado de un territorio a otro, por ejemplo, yo tuve una plática con un cuñado mío que es profesor de ecología en Berkeley y un día me habló de la capacidad de carga de un terreno, me dijo: tu puedes calcular la carga que puede soportar determinado terreno, un manglar o una montaña o una selva, es decir, cuántos animales y cuántas plantas soporta esa tierra, con esas propiedades químicas, con esos recursos, con esas sustancias… a mí me quedó sonando mucho esa idea. Yo creo que es un concepto muy bonito, ¿cuánto puede cargar un terreno, cuánto puede cargar una montaña? luego empecé a trabajarlo, a decir ¿y si con los textos pasa lo mismo?, ¿y si resulta que un poema, una novela o una película tienen capacidad de carga?, uno empieza a decir ¿qué sentido puede cargar un filme?, ¿qué sentido puede cargar Deseando amar de Wong Kar Wai?, ¿qué peso de interpretación, de simbolismo, de historia puede soportar o puede hacer florecer?, entonces se podría hablar de capacidades semánticas, o de una carga interpretativa o de cosas de ese tipo, y lo que te permite llegar a plantearlo es una metáfora, es un recurso creativo que el sueño y la literatura, han utilizado durante mucho tiempo.

Por otro lado, es que quisiera que la metáfora fuera capaz de trasladar sentido de un campo a otro, pero no basta con eso, creo que se requiere que haya dos cosas más: que la metáfora venga al caso, porque sino simplemente es una mala metáfora, una alucinación; y, que ilumine, que te permita empezar a comprender cosas que antes no se comprendían.

Volvemos al asunto de por qué haces investigación, porque quieres entender algo y la metáfora es uno de los recursos que te permite comenzar a entender algo que por oscuro que es, necesitas sacar los términos de otro lado para llevarlos allá. Ésta es incluso una investigación que a mí se me antoja hacer algún día, buscar las buenas metáforas en las ciencias sociales, las grandes metáforas.

V. C.: ¿La de estructura, superestructura, es una buena metáfora?

D.L.: Esa fue una buena metáfora en un tiempo, ahorita la metáfora es la red, las metáforas son puras redes o urdimbres, mallas, todo ese tipo de cosas, esas son las metáforas de ahora.

En distintos momentos históricos, si te das cuenta, los grandes investigadores, los grandes pensadores lo que han hecho es introducir buenas metáforas que tienen la capacidad de acopiar una constelación de conceptos, sin duda, tienen un trabajo con la escritura, con el lenguaje, pero también hay una gran pasión y un gran interés y una ─digamos─ circunstancia de interrogación, de incertidumbre, y de necesidad verdadera, hay un compromiso verdadero. En general, no encuentras buenos investigadores que no tengan un verdadero compromiso, por lo menos con aquello que ellos están tratando de comprender.

V. C.: ¿El compromiso es con esta parte de los problemas que te afectan de alguna manera o con aquellos problemas que se detectan como grandes problemas nacionales, con los problemas del entorno?

D.L.: A lo que me refiero con esa idea del compromiso ─compromiso en tanto interno─ con la idea de la pasión, es que emerge desde dentro, es decir, te involucra hasta el fondo; y si a ti te involucra hasta el fondo la problemática histórica o social de tu país es extraordinario, pero si no, me parece que es una especie de burocracia sociológica, una especie de artificio y una forma de simulaciones que al final del camino se nota; tú puedes encontrar en este momento libros que se vuelven famosos y las escuelas de comunicación los compran, pero pasan los años y después de treinta años realmente se ve qué valía la pena, porque en realidad había ahí una investigación genuina comprometida, apasionada, verdadera.

Ese es el lugar de la creatividad, y la creatividad está fuertemente vinculada con la pasión, nunca puede ser mecánica, no es un procedimiento operativo, nunca es un ejercicio burocrático, no es metodológica; han buscado muchos caminos o el método para la creatividad, pero eso no tiene ningún sentido.

V. C.: ¿En qué momento dices: “ha sido suficiente para esta investigación”?

D.L.: Cuando me harto. Cuando me canso. Hartarme porque pienso que en un determinado tema he dado suficientes cosas, pero también porque para que pueda desarrollar este tema, tengo que dejar en suspenso como diez temas más y mientras lo estoy desarrollando, tengo en la cabeza otros que me están tocando la puerta y de repente me doy cuenta de que llevo seis años trabajando esto y en la fila tengo diez temas más, entonces digo: no, ya, ya aquí hay que cortarle, ya tengo que cerrar aquí y pasar a la siguiente etapa, al siguiente capítulo.

También hartarte en el sentido de que siempre te invitan a dar conferencias sobre lo mismo y te piden que des el mismo curso, de que todos los anuncios van a hablarte del mismo tema, de que las tesis que quieres que les asesores van siempre sobre ese tema. Llega un momento en el que dices: ya, ya, ya, ya estoy hasta el gorro de esto y ya quiero entrar en otro capítulo. Un poco eso me está pasando ahorita con el tema de la imagen, yo quería dejarlo hace un año, pero no he podido y no tanto porque no pueda abandonarlo teóricamente sino porque institucionalmente no me han permitido dejar el tema; me toca seguir en esa inercia un tiempo más para que pueda pasar al siguiente.

V. C.: ¿Cómo haces investigación, cuál es tu método cotidiano de trabajo?

D.L.: Ordinariamente yo escribo en la noche. Yo soy padre responsable y la mitad del tiempo padre soltero, entonces cuando estoy en mis actividades familiares no puedo trabajar, cuando estoy con mis hijos no puedo trabajar, generalmente cuando tengo tiempo para trabajar es en la noche.

Empiezo a trabajar a las nueve y media, diez de la noche, yo soy más bien noctambulo y termino a la una, una y media, dos de la mañana, ese es el momento en que mejor escribo; no siempre puedo hacerlo, solamente algunos días ─me encantaría poder hacerlo cuatro veces a la semana, finalmente no puedo hacerlo así. Soy una personalidad anacrónica, no puedo trabajar con ruido, no estoy acostumbrado a escribir con música, y casi que tengo que estar solo, yo creo que también por eso en la noche. En nuestras universidades es muy difícil trabajar, escribir, porque estás dando clase o porque cuando ya tienes tiempo para trabajar y te vas a tu cubículo ─para empezar, nunca tienes un cubículo para ti─ siempre tienes un compañero de cubículo y siempre tiene diez alumnos ahí metidos y cuando no están los diez de él, llegan los diez tuyos; entonces en la universidad no se puede escribir, desafortunadamente, no.

Yo sólo puedo escribir en la noche o los fines de semana que no estoy con mis hijos, ahí más o menos me organizo y escribo; yo escribo por pasión, de repente siento un impulso y me puedo sentar y escribir tres horas seguidas y puedo sacar treinta cuartillas y luego lo dejo, y otra vez tengo un impulso y escribo cinco más; pero no soy un kantiano de esos metódicos que se exige a fuerzas escribir a diario, no, yo escribo más por impulsos, aunque también tengo el lado latinoamericano de que me llega la hora de entregar el informe en un semana y me llevo una semana entera en chinga, desvelándome todas las noches, eso me pasa también.

En cuanto a la lectura, muchas veces escribo y leo al tiempo, voy escribiendo y voy leyendo, es una técnica que me ha funcionado muy bien. A veces cuando abordo un problema de investigación o una temática que quiero desarrollar, siempre tienes un conjunto de autores con los cuales o te alimentas o te confrontas y para mí es muy útil irme confrontando. Por ejemplo, estoy leyendo a Castells y todo este asunto de la Sociedad Red y de la posibilidad de desarrollo de las sociedades a partir de los sistemas cibernéticos, lo estoy leyendo e inmediatamente trato de plantear la contraparte, y digo: es que eso es una paradoja, para que una sociedad se desarrolle a partir de los medios cibernéticos, en el mundo que ya es postindustrial, tiene que ser industrial, entonces lo que nos están vendiendo es una paradoja, es decir, para que puedas entrar en la era digital, ya no debes ser del mundo industrial, pero no has alcanzado el mundo industrial. Muchas veces voy leyendo cosas y voy escribiendo o también necesito un tiempo para leer.

A mí me funciona leer en bibliotecas. No tengo una favorita, la favorita es la que me queda a la mano; en la UAM me viene mejor la biblioteca que el cubículo porque los alumnos no van a la biblioteca, ahí no te encuentran, no se han dado cuenta de que ahí me meto, y los funcionarios tampoco van a la biblioteca entonces ese es un lugar donde puedes esconderte, yo leo ahí. Me gustan las bibliotecas de la UNAM, yo leo mucho en la biblioteca del Instituto de Investigaciones Filológicas, está muy bonita porque tiene un jardín muy grande y unos cristales grandes, también me gusta el acervo que tiene. A veces leo en mi casa en la noche o en la mañana, casi siempre en sábados y domingos, yo tengo el problema de que mi reloj circadiano, aunque me duerma a las dos de la mañana, se despierta a las seis y media; yo creo que mis hijos me acostumbraron a eso, siempre aprovecho y leo una o dos horas ahí acostado antes de activarme.

V. C.: Y ¿cuándo van surgiendo las ideas?

D.L.: Es muy infuso, cuando me siento a escribir, pienso; buena parte de la meditación está en el proceso de la escritura, quizá la parte más gorda de la meditación es en el momento de la escritura; pero los problemas están flotando durante el día, a veces voy manejando y como que hago click, como que se conectan cosas y digo: ¡ah!, así es la cosa, a veces escribo una clave en una hoja en el coche. De repente estoy haciéndole de comer a mis hijos —a mí me gusta cocinar— y en esos momentos también pienso mucho, es un momento buenísimo para pensar, yo uso las tareas domesticas para pensar, cuando estoy lavando los trastes o recogiendo los juguetes de mis hijos, estoy pensando, cocino las ideas, me siento en la computadora y a veces sale como algo continuo o salen los esquemas.

También, cuando puedo hacerlo, me voy a un lugar fuera de la ciudad, me gusta el Popocatépetl, me voy hacia allá, hacia los volcanes —a veces con mis hijos o a veces solo— y desde ahí me pongo a mirar, a veces no pienso en nada, me paso dos horas ahí, pero a veces me aparecen algunas ideas.

V. C.: ¿Tienes alguna manía que te haya dado buenos resultados en el proceso de investigación?

D.L.: Un recurso es procurar que la palabra, que la escritura no sea un reporte crudo, descomprometido, absolutamente objetivizante, es tratar de construir, de encantar con el lenguaje para mostrar la profundidad de las cosas. Yo creo que la profundidad de algunas cosas no se logra mostrar más que a través de alusiones y el uso de la palabra en una proyección semántica, es una propiedad importante, y profundizar, plantear argumentos difíciles y mostrar lados que no son del sentido común.

Quizás una manía también es que me gusta poner casos, no siempre lo hago porque no siempre encuentro el caso adecuado, pero me gusta poner una figura histórica, un fenómeno histórico o un fenómeno literario o un mito como ejemplo, como entrada, como ingreso y a partir de ahí empiezo a desgranar una idea, unos argumentos porque me permite conectarlo con la vida, con la realidad. Si estoy pensando en el problema de cómo la sociedad contemporánea está ocupada sólo por una clase de visualidad, inmediatamente pienso en un ejemplo que muestre muy claramente un mundo literario o histórico donde sólo se veía de una manera y eso me puede precipitar a un desarrollo de algo, o cómo entran en conjunto las visibilidades, me acuerdo de Akenatón, este faraón que decidió quitar a todos los dioses antiguos y ponerse él mismo como dios, ésta es una súper metáfora para plantear una serie de cosas que nos ocurren en este momento; es decir quizás tengo esa manía de buscar imágenes, ejemplos, visiones.

V. C.: ¿Cuál sería esta necesidad que tienes por generar teoría y no tanto el dato, qué te permite la teoría?

D.L.: Primero sí, estoy de acuerdo contigo, yo creo que a mí me interesa generar teoría, no sé si lo logre, en realidad eso no puede saberlo nadie, ni siquiera lo pueden saber del todo tus contemporáneos; solamente con el tiempo se sabrá si uno logró decir algo que tenga cierto sentido y si tiene la suerte mercadológica.

Me parece que generar teoría significa dotar de conceptos, la capacidad de elaborar visiones, de elaborar interpretaciones que adquieren sentido y permiten comprender, esa es la gran diferencia entre el pensamiento como producción de teoría y el pensamiento como producción de datos. Yo veo que los datos son fundamentales, pero deben incorporarse en las cuestiones teóricas, porque si no, están vacios; el dato es casi carente de sentido, adquiere significado cuando se integra en una visión capaz de explicar el lugar que tiene en el mundo y las implicaciones que tiene.

El dato tiene por lo menos dos territorios de necesidad teórica, de reclamo teórico. Necesitamos explicar con qué realidad está conectado ese dato, de qué es iceberg, porque todo dato es un iceberg y, de otro lado, qué implicaciones tiene, ese dato en algún sentido se convierte en un rizoma de una realidad que está movilizando, que está tocando de alguna manera. Necesitamos dos campos de teoría para que ese dato tenga algún significado, si no se vuelve inane o entra en la rebotiga en la retórica; es decir, yo creo que también hay que tener un poco claro que el dato es un recurso utilizado por la política por ejemplo, y por la burocracia y es quizá la forma más destructora del mismo, en la política se pone al servicio de una voluntad apropiadora, de dominación, de una ─como diría Heidegger─ voluntad de poder, de una razón instrumental.

Ese es el asunto, el dato en la política y en la burocracia se convierte en razón instrumental, en un recurso para la razón instrumental.

¿Cómo salvamos al dato? Con la teoría, no más que con teoría capaz de interrogar el dato para comprender lo que significa sin estar comprometido con una solución instrumental o con utilizarlo para alcanzar una finalidad que no tiene nada que ver con la realidad que está emergiendo, yo creo que si no logramos hacer eso perdemos cosas fundamentales, perdemos nuestra capacidad de explicación, nuestra capacidad de comprensión; nuestra propia inteligencia está puesta en juego, ya no podremos decir que somos seres inteligentes.

Por otra parte, la apuesta por la teoría es también una apuesta porque el mundo es más rico que el comercio y la publicidad, es algo más que eso. Yo tengo un buen amigo que es empresario, es muy inteligente y me ha invitado a sus cosas, a su cumpleaños por ejemplo, ahí he encontrado muchos empresarios y cuando saben que estoy trabajando en la universidad, me dicen: “¡ah! es que tú das clases”, entonces digo sí, doy clases, pero además de dar clases intento producir conocimiento, y eso les parece siempre algo anómalo, exótico, entienden que des clases, es instrumental; pero dicen: “ya con todo lo que sabes deberías de trabajar en una empresa”, y a mí no me interesan las empresas, jamás imaginé la escuela como un paso para poder entrar a sus empresas, ese es mi problema. Yo creo que también la teoría abre una región de lo humano que tiene que ver sustancialmente con clarificar parte de nuestra naturaleza, es decir nosotros somos seres en el mundo capaces de darle significado a las cosas, y de preguntarnos por el significado de las cosas, la teoría es una forma poderosa de hacer eso, por eso me gusta la teoría.

V. C.: ¿Cómo te caracterizarías como investigador?

D.L.: No sé, esa está difícil. Si tratara de mirarme desde fuera, primero no creo que esté en un lugar fijo, porque no soy del todo del campo de los comunicadores, pero tampoco estoy en el campo de los filósofos. Estudié una maestría y un doctorado en filosofía y me gustó mucho, lo que hago es nutrir la reflexión comunicológica desde la filosofía y plantearle problemas a la filosofía desde la comunicación, entonces creo que tengo una posición más o menos intermedia, también creo que tengo una posición intermedia porque me interesa mucho la teoría, pero me interesa también la comunicación de la teoría, por eso procuro escribir, por eso me gusta la idea de hacer televisión, de hacer documentos de divulgación. Este año que tengo de sabático quiero dedicarlo a sacar series de televisión, ya tengo armada una, voy por dos más, quiero hacer 30 cápsulas, me interesa también ese lado comunicativo, y creo que ahí tengo también una posición intersticial porque estoy apostando por una clase de reflexión comunicológica que es emergente, que tiene que ver con la hermenéutica y no se inscribe en ninguno de los campos establecidos, constituidos; a mí me gusta mucho la semiótica, pero yo tengo más interés en cuestiones de hermenéutica, planteándome una posición también en el campo semiótico, pero en el campo del periodismo para nada, en el campo de la sociología de la comunicación sólo relativamente, es decir, en este sentido tampoco me ubico exactamente en un determinado terreno.

Por una parte, quizás hay un elemento al que le he huido: las grillas, porque siendo realistas es un campo sociológico, en la investigación, en la comunicación, hay grupos que son dominantes, entonces uno empieza a vincularse con esos grupos, o empieza a formar grupos y a hacer grilla, puede ir ocupando posiciones y yo no le he entrado a esas grillas; Si me ha tocado, ha sido más bien indirectamente, me ha llegado el resultado sin esperarlo, no he estado en equipos, no he estado mucho en equipos.

También siento que en esos lugares limítrofes logras ver cosas que no se ven desde ninguno de los dos lados, por ejemplo, cuando intento preguntarme desde el campo de la filosofía que significan ciertos fenómenos comunicativos, de eso resulta un agujero, una apertura en el campo de la filosofía. Yo tengo buenas relaciones con algunos de los filósofos notables aquí, en México, y les llama la atención las cosas que hago, porque ellos no se plantean ese tipo de cosas, dicen: qué raro que esté pensando en el cine desde Jean Grondin o Richard Rorty y desde el otro lado, desde la comunicación, también ocurre algo más o menos similar, que me sirve en buena medida justo para que opere mejor ese mecanismo de la metáfora, para que pueda desde esos terrenos inusitados iluminar una zona que no se puede ver muy claramente en otro campo, en otra región del mundo.

Quizá bien pensado también es una forma de vivencia conceptual porque en el lindero siempre te puedes desmarcar; pero nada te garantiza que no empieces a repetirte y a institucionalizarte, y eso tiene relación con una pregunta que hiciste: ¿en qué momento sabes que debes concluir y pasar a otra cosa? yo creo que te puedes mantener en esos lugares interesantes, que los linderos siempre son interesantes en la medida que sepas girar a tiempo, dar el giro copernicano a tiempo y que logres generar las condiciones para que te permita la realidad dar el giro, la realidad académica, institucional, económica.

Creo que hay un doble efecto: por una parte porque el mundo gira en torno a ti y tú, más que hacer preguntas, tienes que dar respuestas, ese es un problema, ya no tienes tiempo de preguntar ni se tienen recursos para recorrer todo el camino, los que deben ocupar ese lugar son los viejos, el asesor hace eso por el alumno, porque él ya tiene un camino recorrido, con más decantación, más soluciones verdaderas en campos académicos verdaderos, maduros; si das respuestas continuamente ya no te generas interrogaciones.

También creo que tiene que ver con que el centro fija porque las instituciones te lo piden ─un problema sociológico─ las instituciones también convierten ciertos saberes, constituyen ciertos discursos, ciertos paradigmas como sus paradigmas y ahí se ostrifican, eso de calcáreo, de constitución, de estructuras de hierro y la gente termina fijándose a ellas y viviendo de ellas, nada garantiza que a uno no le pase eso, pero mientras uno pueda evitarlo es saludable.

La cosa es que también nuestra situación como investigadores en América Latina es muy difícil porque para que tú puedas empezar a tener condiciones para investigar tienen que pasar muchos años, la gente llega a las condiciones de investigación cuando ya están cansados y cuando ya están veteranos, por eso sería tan importante desarrollar investigadores jóvenes; pero aquí partimos de que lleguen a unos niveles en que puedan vivir más o menos decentemente de esto, de su trabajo como docentes y de la investigación, porque ya dijimos: de la investigación no vives, necesitas haber hecho muchas cosas, tu energía también está en la curva de caída. Por otra parte tener esa posición es un privilegio, en nuestra universidades para que una persona entre a una cátedra o para que tenga una plaza, tiene que morirse otra, si no se muere uno, no entra otro, entonces la gente termina por hacer lo que le funciona, son cosas terribles, pero yo encuentro también que cuando un discurso posicionó a alguien, sigue haciendo eso todo el tiempo para que no corra ningún riesgo. Me parece que justamente es lo que debemos evitar, para seguir vivos, apasionados, plantados en el mundo.

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