La recepción de los medios: un continente por entender

Por Henry Laforet (Universidad de París IV / Sorbonne)

Diego Lizarazo aporta en su libro “La reconstrucción del significado” una teoría sobre el consumo social de los mensajes de los medios de comunicación.

La comunicación social ha sido estudiada tradicionalmente a partir de lo que la escuela de Frankfut llamó la “cultura de masas” y posteriormente la “industria cultural”. Estos estudios y los que le siguieron explicaban las características de la producción de la cultura como una mercancía en la sociedad capitalista moderna. Sólo hasta los años setenta, con la aparición de la semiótica en el campo de los estudios de comunicación se cambió el lenguaje y la forma de entender la relación entre los medios y la sociedad, y apareció una forma más sistemática y científica de analizar la comunicación. Las hipótesis casi inamovibles de la manipulación de la sociedad y la determinación de la mente de los espectadores por parte de los medios (propia de la época de Frankfurt), se sustituyeron por el análisis de los mensajes, ahora llamados discursos, como textos lingüísticos. Este nuevo panorama permitió entender que la manera en que los medios influyen en sus espectadores tiene que ver con la estructura de los textos, sus lenguajes y sus contenidos. Sin embargo las visiones reinantes hasta los años ochenta sólo consideraban la parte de la emisión en el proceso de comunicación. El destinatario de la comunicación había sido ignorado casi por completo. El libro de Lizarazo se inscribe en una corriente que en los últimos quince años reflexiona sobre lo que pasa con el público y la manera en que éste reelabora los discursos mediáticos. El pionero más destacado en esta línea es el Colombiano Jesús Martín Barbero quien con su libro “De los medios a las mediaciones” da en el clavo al mostrar que el consumo de los medios es también un campo de participación y decisión del espectador. Es de llamar la atención que ahora un colombo-mexicano, Diego Lizarazo, realice una nueva aportación a este campo: no sólo porque permite comprender mejor que la recepción es un proceso de fruición donde el lector de los medios tiene una experiencia intelectual, pero también aperitiva (de disfrute), sino especialmente porque a diferencia de las diversas teorías del consumo de los medios, logra mostrar que la recepción también es un espacio de lucha social, y que en ella también hay un ejercicio del poder. Lizarazo plantea una noción clarificadora: los campos de recepción. Allí dice que no todas las interpretaciones que hace la sociedad de los medios valen igual. No porque naturalmente sea así, sino porque la valoración se encuentra comprometida con el poder que tienen los intérpretes. Por otra parte la visión clásica sobre la participación y la actividad del receptor lleva a desconocer que allí también hay un ejercicio de la fuerza simbólica: que hace que las personas lean de determinadas formas. Por eso Lizarazo distingue entre interpretación programada e interpretación táctica. Esta distinción es clave: nuestra supuesta actividad al consumir los medios es en realidad la repetición de maneras de lectura que, en su mayoría, los propios medios han formado en la sociedad. La interpretación táctica es, en cambio, algo que se alcanza, es un logro social resultante de una formación pedagógica, política y ética. La recepción táctica implica la relación de lo crítico y lo creativo. La reconstrucción del significado relaciona inteligentemente la explicación hermenéutica de la Escuela de Constanz sobre la recepción de la literatura (Jauss e Iser), con la sociología del consumo cultural de Pierre Bourdieu. Pero logra superar las dos visiones al ofrecer una explicación sociológica de la interpretación estética, y una comprensión estética del consumo social. En el lugar de las encrucijadas resuelve otra: la del determinismo frankfurtiano y la del inmovilismo posmodernista. Ni descripción monolítica de los medios como Leviatán contemporáneo, ni la apatía inocente del posmodernismo ante la cultura de masas. Lizarazo plantea la necesidad de comprender el conflicto social que revive en la lectura de los medios, y muestra la necesidad de conducirlo en una estrategia política para apropiar y socializar los símbolos. Este es un libro sobre política de los símbolos.

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