Archivos de Etiqueta: sociedad

Metáforas de la sociedad cibernética

En el contexto de la ubicuidad cibertécnica en el que hoy vivimos todas las actividades humanas (desde la economía y la política, hasta la actividad lúdica y las relaciones afectivas) se reconfiguran a través de los recursos y estructuras que ponen en juego las tecnologías informativas. Pero so se trata de una transfiguración total: especialmente en Latinoamérica parece ser más propiamente un proceso en el que los agentes y estructuras sociales se encuentran en un doble desafío: el de adecuarse al escenario que se impone, y el de mantener en esta neo-realidad algunos de los sentidos, relaciones y formas de actuar que caracterizan el modelo clásico. Nuestra posición es entonces, transicional, en el espacio intermedio entre estas grandes modalidades de ejercicio y sinergia social.

Read More

La nostalgia de los signos. Destrucción y re-figuración del sentido en la cultura contemporánea

Nos dijeron que la luz se extinguiría sobre la tarde y una nube de hierros agotaría el aire y devoraría el agua. Nos dijeron que no volveríamos a recorrer la tierra porque vivimos en la ficción de que el mundo es estrecho y estéril. Los antiguos tayronas nos recordaron la catastrófica desorientación de este momento, la ficción realizada de la tierra como una aldea pequeña y agotada. Creímos que nuestros pobres mapas describirían la insondable complejidad de un universo extenso y misterioso, y ahora perecemos en nuestra invención aciaga, en el dibujo reductivo que hemos hecho del mundo. Ante los ojos añosos de los Haida, somos infantes morales que identificamos torpemente el mapa con los territorios, que suponemos que la foto de un oso reemplaza el esplendor irreductible de su naturaleza, o que una simulación virtual de las montañas logra resumir una integridad que nunca será sintética. Pacha Mama se debate en sus estertores, mientras nuestra esquizofrenia cultural es incapaz de advertir sus dolores y sus desgarraduras. Los Wayú nos recordarán que la sed interminable se origina en nuestra creencia de que el espíritu de la tierra culmina donde la técnica la recorta, mientras extinguimos el agua y destruimos nuestra dignidad humana, mientras celebramos estertóreamente la rapaz y mezquina experiencia de nuestra individual risa instántanea.

El torrente contemporáneo nos lleva masivamente hacia el olvido, a la experiencia sintética, hacia el destello ácido de los íconos y los fragmentos; como avestruces electrónicas sumergimos la cabeza en el subsuelo virtual mientras a nuestro rededor el mundo se devasta y la voracidad de los poderes se traga los jirones humanos. Desde los ojos del dominio sólo son los más débiles los que entre los gases venenosos se destazan sobre el aire (sólo una consecuencia del confort tecnológico al que no quieren renunciar ni un ápice), pero en la mirada Wayú, de seguir igual, todos terminaremos devorados por el cataclismo. La nube marrón, esa capa de varios kilómetros de contaminación que cubre el sur de Asia, ya anuncia su itinerario por todo nuestro planeta y su probable fusión con sus congéneres de otros continentes. Por este camino la congregación aérea de la basura tapará el cielo. La lógica económica que han impuesto las naciones hiperdesarrolladas a la totalidad del planeta, produce una devastación de recursos naturales y una monumental descarga de veneno sobre un mundo que debiera ser de todos. Pero el impacto social y ecológico de este modelo mundial no sólo genera hambrunas, inestabilidad social, catástrofes ambientales y guerras entre los países pobres; de una u otra forma, sus efluvios se revierten al occidente tecnológico. Para el desastre ecológico no hay fronteras, y los pobres de la Tierra buscan la forma de transitar hacia la metrópoli. New Orleáns nos recuerda el ocaso de la ideología económica global: atomismo de los beneficios y globalización de los desastres; París, nos muestra, en los últimos días, las consecuencias del silencio europeo ante su propia miseria: la cólera sanguínea de la exclusión y la pobreza. No cortaremos un árbol sin recibir de él su sangre de violetas, pero tampoco ignoraremos las voces, sin que nuestra propia palabra se vacíe.

1. Desolación y devastación del sujeto

Recordaré una historia conocida: ante el pensamiento antiguo donde los seres humanos ocupaban un lugar definido en el orden holístico, la modernidad invirtió las cosas: el universo se agotó como el marco para advertir al hombre, y la medida humana se constituyó en el nuevo parámetro para ver el mundo. Si antes no podíamos

comprender la naturaleza humana sin referencia al universo, la modernidad impuso comprender el mundo a partir de la naturaleza humana. Sujeto soberano ante una inmensa colección de cosas. Con el Renacimiento el hombre se instituye como centro magnético: corazón especular en el que lo absoluto se refleja. Pico della Mirandola funda su Discurso sobre la dignidad del hombre en la libertad sustancial de nuestra naturaleza: ante un mundo sometido a leyes, los seres humanos elegimos nuestro destino. Desde Ficino hasta Sartre el ser humano deja de ser sólo una criatura sometida a leyes insalvables, y emerge como el centro gravitacional de la naturaleza: el hombre como la fuente absoluta del conocimiento y del poder para actuar sobre el cosmos. Con la modernidad la humanidad se formula el proyecto de racionalización del universo entero. La razón será total y totalizante: fuerza única, indisoluble y ecuánime que abarcará el registro exhaustivo del ser. La ilustración levantará el ideal de un dominio universal de la razón, hasta alcanzar su punto más alto, con el positivismo del XIX y del XX, realizado en el prestigioso triunfo de la técnica en el mundo. Los renacentistas pensaban que la suprema dignidad humana se desplegaba en la capacidad de recrear el mundo, para construir una “segunda naturaleza”. Pero esto significa, como mostraron Nietszche y Heidegger, una extensión y una intensificación inusitada de la voluntad de dominio: con la razón gobernaremos todo. Por este camino, la ciencia natural se instituyó como el paradigma absoluto del conocimiento, como regidora total para deslindar lo pensable de lo inconcebible. La ciudad ideal construida por la razón. A mediados del Siglo XX, Winer, el patriarca de la cibernética, llegó a plantearse dos proyectos emblemáticos: la máquina de gobernar, aquella estructura cibernética que podría reemplazar la fallida inteligencia humana en la administración de los seres humanos, y la máquina autopoiética: aquel dispositivo electrónico capaz de autoregenerarse y de inventar otras máquinas. Por eso Winer pensó que la cibernética devendría teología. La técnica como soporte y esencia del mundo.

2. Fisuras en la ilusión

Pero desde el Siglo XIX los impulsos modernos comienzan a resquebrajarse: incertidumbre de la razón totalizadora y única, desilusión ante la idolatría del sujeto y la conciencia individual, erosión de la expectativa del progreso. Nietszche anuncia la des-fundamentación del proyecto racional del mundo, Freud y Schopenhauer revelan la dependencia de la razón ante la voluntad y el deseo, mientras que Wittgenstein indica con lucidez que probablemente los problemas cruciales de la metafísica son tan sólo el resultado de una enfermedad del lenguaje. Weber señalaba que la modernidad había comenzado con el desencanto del mundo: la extinción de los mitos de origen… el hombre en su solitaria soberanía, sin dioses para dar sentido a su pasado, sin tradiciones para limitar sus alcances… pero la modernidad produjo sus propios mitos: los del futuro, los del ideal del porvenir: la sociedad progresista, el socialismo, la sociedad libertaria… así la posmodernidad da cuenta de un nuevo desencanto: el de las utopías. Con la desarticulación de la promesa del futuro se precipita una renuncia; la de la razón totalizante: fin de las grandes explicaciones, conclusión de los sistemas omnicomprensivos. Ciorán promulga un pensamiento fragmentario, jirones de racionalidad amarga y desilusionada. El aforismo, la iluminación parcial, el conocimiento fractal, como nueva metáfora del pensamiento. Lyotard atestigua el agotamiento de los metarrelatos, el desdibujamiento de las grandes utopías modernas, y en su lugar advierte la aparición de las micro-historias, de las mini-ficciones mediáticas: drástico cambio y gran desilusión: de las utopías pasamos a las telenovelas. El conocimiento se refugiará en los pequeños fragmentos, cambiantes y adaptables según el campo simbólico en el que circulen. Actitud de sospecha ante las megateorías y renuncia a la construcción de una “ciencia unificada”. Fin del proyecto leibniziano de un lenguaje cósmico. El ideal de los neopositivistas se pulveriza en la medida que estamos exigidos a reconocer la heterogeneidad de los modelos explicativos, elegidos, incluso, según conveniencias operacionales o pragmáticas.

La renuncia a la razón unificada significa, en clave histórica, la clausura de la explicación por leyes. Se deshace una ilusión doble: la ficción de que la historia del poder es la historia humana en su conjunto; y la ilusión del progreso ilimitado de la humanidad. Entre la debacle ecológica, la devastación social y la desorientación individual ya no parece sensato imaginarnos como una civilización en ascenso. Las luces se han extinguido y sólo queda aceptar el presente en su fluctuación y su opacidad. El desencanto posmoderno planteará incluso que no viene al caso suponer ninguna mejoría social. Rorty dirá que no hay que plantearse la fundamentación de la democracia o la expectativa de la revolución, todas las revoluciones han fracasado, y en su lugar lo que aparece es la victoria de la continuidad social. Sólo se trata de mantener el diálogo, conversar por que sí, sin ninguna expectativa. Todo cambio hacia el futuro es aleatorio, es más, para qué pensar en el futuro, si nada podrá construirse racionalmente. No es gratuito que Habermas haya acusado a algunos de los pensadores posmodernos como neo-conservadores, en última instancia el desencanto posmoderno es una alabanza a la inmovilidad, una retórica del aletargamiento y la imposibilidad.

El relativismo constituye el nuevo absolutismo. Con la desarticulación de la razón totalizante y la renuncia al sujeto como fuente del sentido, sólo queda la presencia relativa de todo punto de vista… la convivencia, el contubernio de las versiones, sin mayor preocupación por su contraste, por su convalidación. Abandono de la verdad y restitución de la verosimilitud: no hay realidad, sólo consensos o utilidades. El desencanto veta la búsqueda de razones para fundar la verdad, ya que habría tantas verdades como culturas, como comunidades históricas, incluso, como subjetividades. El particularismo que podría haber enfatizado la diversidad y la necesidad de la apertura, tiende, vertiginosamente al diálogo de sordos: cada quien su propia música, cada quien su escena privada, su cultura personal, como los otaku: aquellos jóvenes japoneses que viven en el sopor de la apatía social, en un útero electrónico: encerrados durante meses en un cuarto, enchufados a la computadora, con el fondo continuo de la música electrónica.

El desencanto posmoderno podría permitirnos reconocer con humildad la limitación de nuestros alcances, pero parece desembocar en un ethos desesperanzado y escéptico, a veces cínico y convenenciero. Si no podemos dar razón de la historia, si no podemos poner en movimiento el proyecto de la sociedad, si no son alcanzables valores ni principios universales, si ya no hay sujeto que constituya la fuente del sentido, entonces no queda más que resignarnos al presente, aceptándolo tal como está. Nada justifica un cambio porque ya nada vale, o todo vale exactamente lo mismo. No veo mejor territorio social y humano para la acción de un poder depredador y excluyente como el que hoy gobierna el mundo. Ante una ideología cultural del desinterés y de la imposibilidad, ante un pensamiento generalizado de la desesperanza y de la apatía, el reinado de un poder depredador y acrático. Pero también esta actitud engendra la apuesta exclusiva por el placer, el hedonismo absoluto de Lipovestky, la semántica de la piel de Rotherford. Los paramilitares colombianos cortan los cuerpos agonizantes de sus víctimas haciendo inscripciones que les parecen divertidas: juegan a sacar de un lado las lenguas y de otro a agujerar hasta los huesos los brazos y las piernas.

Nada preguntemos, no nos propongamos nada, nada busquemos… sólo experimentemos el rose del aire en nuestra piel y la frenética interminable de los medios. Por eso la actitud hedonista es también falaz, porque está acompañada de la resaca; en los bordes de la disolución, diría Lacan, se resuma el ácido que la petrifica. El generalizado ethos edonista de Lipovetsky toca su límite, porque incluso si aceptáramos su extensión universal tendríamos que reconocer la contradicción derivada de un mundo histórico en el que el ejercicio permanente y desatado del placer es casi privativo de ciertos individuos con los recursos y el poder que les permite su ejercicio. El hedonismo absoluto sólo es posible para unos gracias a la absoluta privación hedónica de los otros.

Una especia mata a otras especies,nuestra especie mata a todas las especies, incluyendo el bosque. La muerte se convierte en lo que tu eres, cuando la vida se vuelve negra. Mickey Knoxx, Natural Born Killers

La reconstrucción del planeta mediante la industria y la técnica nos resulta ahora no sólo lejana, sino incluso terrible. La depredación de la naturaleza se presenta como riesgo aniquilatorio. Cien años de industrialismo casi destruyen la biósfera diversa de nuestro planeta, 75% de los bosques mediterráneos desaparecieron, el magnífico paraíso de árboles que era Etiopía, hoy es un deprimente desierto, la amazonia ha perdido territorios mayores a los de varios países europeos, mientras en Brasil se discute la cesión de vastas regiones para establecer industrias agrícolas y los laboratorios japoneses y alemanes pululan como hongos registrando las estructuras genéticas que luego patentarán para comercializarlas. La terrible destrucción de la tierra exige un uso redoblado de fertilizantes y pesticidas que amenazan varias de las puntas del delicado equilibrio biológico del planeta. Con el propósito de destruir los plantíos de coca y amapola, el plan Colombia ha regado mares de veneno sobre el cuerpo de las praderas, los bosques y las montañas andinas, destruyendo parte sustancial de la megadiversidad que ostentaban sus pueblos y matando lentamente cientos de indígenas y campesinos. Un estudio reciente nos advierte que con la tendencia actual de consumo irracional, implementación ciega de la tecnología y destrucción de los recursos, estaremos cerca de destruir el 72% de la biodiversidad total en los próximos 30 años. Pero con el ambiente no sólo se mueren las plantas y los animales, desaparecen también los pueblos que allí viven, la migración concomitante aniquila las lenguas y termina por desaparecer las culturas. En la Orinoquía venezolana conocí shamanes que perecerían con el saber de sus pueblos. Ya nadie escuchará sus relatos ni multiplicará su lengua, el conocimiento estelar que su sociedad acumuló durante siglos y la experiencia infinita que recogieron del vientre de la Tierra se perderá bajo el tiempo. Lévi-Strauss decía que la desaparición de las culturas era el mayor duelo de la sociedad futura, hoy se extinguen por doquier los imaginarios y las conciencias comunitarias y casi nadie se interesa en su sepelio.

En distintos contextos se han prendido las alarmas rojas señalando la inminente destrucción de lo que teníamos: el Club de Roma, La Cumbre de la Tierra en Río, La Cumbre sobre Desarrollo Sustentable de Johanesburgo. Estamos ante la absoluta crisis de la idea moderna del progreso material indefinido, y debemos constituir, por nuestra sobrevivencia, una meta contraria a la modernidad: no hay otro camino que el desarrollo sustentable… o la renuncia de las naciones hiperdesarrolladas a su desquiciado desarrollo. Sin embargo esta lucidez natural, tiene pocas posibilidades en la trama de hierro que define los rumbos reales de la humanidad: el gobierno de Bush se desinteresa en la sustentabilidad mientras anuncia que Estados Unidos aumentará 43 por ciento la emisión de gases tóxicos en los próximos 18 años. Por desgracia, la inteligencia humana no se emplea en la rehabilitación de la naturaleza ni en la construcción de soluciones humanas ante la destrucción social. Ninguna empresa congrega tanta inteligencia, tantos cerebros superdotados como la industria de la guerra. Nadie tiene el poder de emplear tanta ciencia como las rentables corporaciones de las armas. Ante el cataclismo la energía mayoritaria se invierte en sistemas de destrucción y no en las soluciones, aunque el potencial destructivo vigente podría eliminar doce veces toda la vida sobre la Tierra. Sin embargo, el gobierno norteamericano planea invertir para los próximos años, mil millones de dólares diarios en la industria militar.

El hombre moderno pretendía construir con su técnica una morada racional que reflejara su rostro sobre la naturaleza, pero lo que obtuvo a cambio, fue la incertidumbre de su destino y la socavación de las membranas naturales que hacen posible la respiración de la vida.

Los kunas se preguntaban: ¿acaso no era ya la naturaleza una morada digna para el hombre?, ¿en qué momento los “hermanitos menores” supusieron que la naturaleza no les alcanzaba?, ¿para qué querrían fabricar el agua o rebautizar los árboles?. Hoy los kunas nos miran con desconfianza pero también con misericordia, para ellos nuestra pueril mentalidad terminará por aniquilarnos mientras carecemos de la menor conciencia de lo que eso significa. Ellos siguen sosteniendo la estatura moral del universo-río, mientras nosotros sucumbimos.

La voracidad tecnológica se sustenta en la idea de que el hombre es sujeto único ante un mundo de objetos a su servicio: cáscaras de ser para su conocimiento y su consumo. Marx decía que en el capitalismo la naturaleza se reducía a una inmensa acumulación de mercancías. El mundo visto como un recipiente de utensilios para servir a nuestros fines. La razón convertida en un cálculo instrumental para sacar el mayor provecho posible a todo lo otro, la alteridad reducida a un objeto. Esta ruta nos ha llevado a los bordes del infierno y hoy la congregación de científicos ambientales del mundo calcula cuantos años nos quedan para la inevitable inundación resultante del sobrecalentamiento del planeta.

Pero la crisis del proyecto transformador de la naturaleza está acompañada de la desilusión de la transformación social que prometió la modernidad. La racionalización del capitalismo avanzado ha conducido a sociedades dominadas por una burocracia tecnocrática y unos poderes económicos soberanos ante los cuales los ciudadanos se hayan reducidos a mecanismos fractales y anónimos desbocados puerilmente en el consumo. Pero la vaciedad consumista de los países poderosos se funda en el desgarramiento y la miseria de las naciones y los pueblos marginales. Que lejos estamos de la sociedad como obra de arte que soñaron los renacentistas. Después del cataclismo socialista se produjo una falacia ideológica que atraviesa el mundo: la de que no hay más mundos posibles que el actual y la idea de que el egoísmo individual se perpetuará sobre cualquier expectativa comunitaria. La resistencia cultural contemporánea, es, en lo sustancial, una batalla ante esta resultante ideológica del cataclismo social, en esencia, del cataclismo de lo colectivo.

Ahora sabemos que ambos cataclismos están interconectados y que el desastre social planetario se vincula con la depredación ecológica. La devastación del mundo abreva del insoportable desequilibrio social y el infierno humano produce la depredación ambiental. Ya no podemos pensar más, como lo hiciera cierta actitud ecologista de comienzos de los ochenta, que los problemas ambientales no tienen nada que ver con los modelos económicos y sociales. Para ser consecuente, la mínima conciencia ecológica contemporánea, ha de ser también reflexividad política, al igual que toda alternativa política contemporánea exige un pensamiento ambiental.

3. Refiguraciones del sentido

Ante el fracaso de la historia moderna ¿hemos de escoger entre la actitud del desgarrado que se sumerge en la “enfermedad de la tristeza” como han dicho luminosamente los Guayú antes que Oliver Stone, y el ácrata que baila al filo del precipicio enchufado en sus cascos virtuales musitando que es preferible ignorarlo todo aunque sus saltos percutan sobre los huesos y la carne quebrada de los desplazados del mundo?.

Algunos trazos de la cultura en los últimos años comienzan a indicar una salida a la resaca, sin regresarnos a las ilusiones de la modernidad. Asistimos a un giro del sujeto individual a la intersubjetividad como fundamento del conocimiento y del sentido. Wittgenstein nos enseñó que los significados viven en juegos del lenguaje múltiples que se hayan inestricablemente vinculados con proyectos comunes y redes axiológicas a las que llamó “formas de vida”. Comprender el sentido es dejar el lugar del sujeto solitario y acceder a las formas de vida comunitarias. El fundamento del conocimiento científico no está, como suponía el positivismo más recalcitrante, en la conciencia desolada, incluso, en la abstracción de la conciencia; la hermenéutica nos ha mostrado que no hay conocimiento sin conciencia y que la conciencia se inscribe y se debe a una historia comunitaria irreductible. Ahora también sabemos que la comunidad es el fundamento de los significados lingüísticos como han señalado Habermas y Apel. Adquirimos progresivamente la conciencia de que el sujeto ególatra debe abandonarse por el sujeto colectivo. Apenas comenzamos a comprender lo que el pensamiento indígena por muchos lugares de nuestro continente supo siempre. Lenkersdorf, por ejemplo, resaltó en su Filosofar en clave tojolabal que la categoría nodal de este pensamiento indígena es la del nosotros, no la del yo: desplazamiento clave del individuo a la comunidad sin que se borre la singularidad. Hemos de hablar, hemos de pensar y experimentar con los tojolabales, pero también con los emberas y los calimas en grupo nosótrico. Quizás estamos cerca del feliz declive del individualismo moderno y ante la emergencia de un nuevo comunitarismo. Comprendemos lentamente que el sujeto aislado, gobernador ingrávido de su solipsismo, no puede ser la fuente del significado. El sentido sólo emerge de su relación con un todo que trasciende al individuo. Pero de igual manera, comenzamos a entender que el placer es sustancialmente colectivo, que la risa comunitaria, que la risa social apuntala la continuidad humana y ecológica que merecemos.

Adquirimos la conciencia de la “impureza” de la razón al reconocer su nexo inevitable con intereses y estrategias. Más modestos asumimos que sólo accedemos a lo razonable en cada contexto, sin que esto signifique el abandono en el irracionalismo. Ante la razón totalizadora y única, oponemos la multiplicidad de racionalidades. Especialmente ante la idea moderna de que el único paradigma válido de razón es la ciencia, descubrimos apoyados en Feyeraben o Paul De Mann las múltiples racionalidades. Desde la poesía o desde el mito, desde la literatura o la experiencia campesina emergen saberes que no sistematizan ni alcanzan la ciencia o la filosofía: el significado de la vida y de la muerte, el significando del mundo, las cosas que valen la pena, las expectativas del porvenir, el sustento del pasado, preguntas que se han hecho los asirios y los bosquimanos, los kunas y los ladinos. Razón científica sí, pero también razón moral, estética, ética, erótica o política. No regresaremos a la patología totalizadora de la metafísica, como diría Wittgenstein, pero podemos vivificar distintas formas de sabiduría, conocimientos ancestrales, mitos reveladores, que sin asumirlos como patrones definitivos, nos den señales para construir el valor y el sentido. Es probable que esta mutación en algunas de las ideas de nuestra mentalidad contemporánea pueda estimular una nueva relación del ser humano con la sociedad y la naturaleza. Aunque el comienzo del siglo se haya dominado por lo que Guattari llamó el capitalismo mundial integrado, o por lo que Wallarstein identifica como el triunfo de la depredación económica de la alteridad, reaparece a lo largo del planeta, en múltiples expectativas y batallas humanas (desde Tanzania hasta Bolivia, desde la Amazonía hasta Somalia) el interés por la construcción de un orden social menos opresivo y más equilibrado, por una cultura resistente, fundada en la comunalidad. Rawls, Taylor, Nagel, Elster, Chomsky vuelven a replantearse seriamente la relevancia de valores como la justicia, la equidad y la solidaridad comunitaria ante un ambiente que había supuesto equívocamente que todo esto carecía de sentido. Ante el estrepitoso fracaso del neoliberalismo en la resolución de los grandes problemas de la marginación y la miseria de la mayor parte de la humanidad, asistimos a la reemergencia de las expectativas transversales de justicia y emancipación social, ya no articuladas desde la pseudos-ciencia, sino quizás más próximas a un horizonte plural de sabiduría ética. La expectativa de la reorganización social es a la vez una tentativa de redefinición de nuestro vínculo con la naturaleza: desde el fondo del saber indígena se nos invita a una nueva territorialización, cuando por doquier se habla de la desterritorialización y del no – lugar. Con suerte la naturaleza re- emergerá como fuente de revelaciones y como primeridad cultural.

Vale recordar que el catastrófico 11 de septiembre la FAO comunicó que la pobreza mata 35,000 niños diarios, pero dicha información se pulverizó ante la pregnante noticia de las 3,000 víctimas neoyorkinas. Esos niños son los desheredados de la sociedad mercantil y de consumo que abarca nuestro planeta, los “económicamente inviables” como se les llama técnicamente en los foros económicos. La sociedad del derroche que promueve el sistema- mundo en que habitamos llama a una fiesta de la que está excluido más del 80% de la humanidad. Para la mayoría de los jóvenes y niños de los países pobres, el llamado al consumo que resuman los medios es una invitación a la delincuencia, la violencia se despliega como estrategia para sobrevivir. A comienzos del Siglo XX el científico inglés Cyrill Burt propuso eliminar a los muy pobres “impidiendo la propagación de su especie”, y en los años noventa y lo que lleva el presente siglo los escuadrones de la muerte materializan su deseo: el arzobispado de San Pablo señala que diariamente son asesinados cerca de 10 niños indigentes en las calles, y varios otros mueren en el asfalto de las ciudades colombianas. Desechables les llaman ahora, el sistema que produce la miseria llama basura a sus víctimas. Hace pocos años un grupo de policías asesinó 60 indigentes en Pereira, y sólo recibieron una sanción disciplinaria, pero no se trató de algo muy disímil a la matanza de niños que realizó la policía en las puertas de la Iglesia de la Candelaria en Río de Janeiro. Lyotard ha dicho que el tiempo de los metarelatos y las utopías se ha extinguido, pero hoy nos resulta necesaria, sin duda, una refiguración del sentido. En una realidad preñada de dolor y resumante del poder de los poderosos, la Utopía, como ha dicho Eduardo Galeano, nos sirve no para esperar su realización sobre el mundo. La utopía sirve para caminar.

Desde entonces, los dioses caminan con preguntas y no paran nunca… Y entonces así aprendieron los hombres y mujeres verdaderos que las preguntas sirven para caminar, no para quedarse parados así nomás
El viejo Antonio, comunidad zapatista.

Conferencia impartida por el doctor Lizarazo en el Foro Social Mundial en Caracas – Venezuela, el 27 de enero de 2006.