Sobre los libros Sociedades Icónicas, Semántica de las Imágenes, Icónicas Mediáticas, Interpretaciones Icónicas
Los libros que queremos comentar proponen, desde distintas perspectivas de estudio de nuestros campos icónicos o iconosferas, o, como dice uno de los autores de esta colección, de la iconocracia actual, proponen, digo, algunas direcciones de interpretación del problema de producción, uso y comunicación de las imágenes como un problema práctico.
El problema de la comunicación que vengo mencionando, se refiere sobre todo a la peculiar situación contemporánea de no poder distinguir qué es lo que se comunica, quién está comunicando y, de manera más radical, si, en la mayor parte de nuestros gestos institucionales y de congregación cultural proyectados a través de las imágenes, hay un auténtico acto de comunicación o no lo hay. Quiero decir, haciendo eco de Baudrillard o, en el campo político, haciendo eco de un gran texto sobre la manipulación de las imágenes de Hanna Arendt (Verdad y Política), el problema de la comunicación de las imágenes es el problema de su propio simulacro.
La simulación del acto de comunicación de las imágenes mediante su pura representación, esto es, mediante los rituales y herramientas que al día operan en nuestra cultura para hacernos creer que establecemos un vínculo real de comunicación, es un problema ético desde el punto de vista de que involucra en su funcionamiento una violentación o ideologización de la libertad de los individuos que se ven afectados. Simular que se comunica es ya una primera agresión, susceptible de ser juzgada éticamente.
El problema de un enjuiciamiento de este tipo radica en que, viéndolo desde el punto de vista fragmentado que supone el campo de sobreproducción de imágenes multicultural en donde vivimos, que es la única plataforma posible de evaluación, no existe un único parámetro o criterio de carácter universal y absoluto en el que apoyarse para decidir si tal simulación de comunicación es un “mal universal y absoluto”. Muy al contrario, nuestro espacio de multireferencialidad “fantasmática” nos da asimismo múltiples rangos de enjuiciamiento, diversos parámetros de decisión o, si se quiere, inconmensurables criterios de orientación ética. Cada estilo de vida, cada consumo y uso de imágenes, supone un nuevo criterio de juicio que nos hace alejarnos cada vez más de la idea de que existe una sola serie de valores absolutos que nos obligarían a pensar, maniqueamente, en un sí o un no rotundos frente al fenómeno actual de las comunicaciones.
La cosa es mucho más complicada. De entrada, a mi forma de ver, es necesario hacerse la siguiente pregunta: ¿desde dónde emitimos el juicio de que la comunicación de imágenes ha caído en su simulación? ¿Estamos dentro de un proceso de comunicación cuando emitimos tal juicio, o lo hacemos desde fuera, como si la comunicación fuera un objeto que se puede manipular y analizar objetivamente? Se puede juzgar en forma más sencilla un asunto en el que no estamos involucrados, en el que no participamos y del que no recibimos sus consecuencias, por ejemplo, como cuando en una discusión sostenida frente a la imagen de una mujer islámica (atención, no frente a ella mismo, sino frente a su imagen), se debate a distancia sobre si las mujeres en el Islam deben cubrir su cabeza con una mascada como símbolo religioso o no deben hacerlo; en este caso nosotros tomamos partido por el sí o por el no desde fuera.
La discusión acerca de si la comunicación es sólo ficción, simulacro, no es de este género. Es un problema peculiarmente difícil de resolver precisamente porque el grado de involucramiento o compromiso se mide desde dentro, dicho con otras palabras, la autenticidad o inautencidad de las comunicaciones es algo que construimos colectivamente, desde el difícil juego de relaciones simbólicas y de mecanismos de poder en un todo multicultural o pluricultural. Prueba de ello es el hecho de que, como en un efecto dominó, la primera simulación de un acto de comunicación afecta siempre a un tercero por sus consecuencias, y afectando a este tercero afectará a un cuarto, etc. Diciéndolo de un modo quizá dramático, nadie se salva del mecanismo envolvente de la comunicación.
No estando ninguno de nosotros a distancia neutral u objetiva del problema del estatuto de la comunicación de las imágenes, y de las consecuencias éticas de su ideologización o mera simulación, todos estamos de alguna manera obligados a tomar partido, a comprometernos con un juicio que involucre un tipo de comportamiento de aceptación o rechazo.
Claro que tomar posición siempre se hace justamente desde cierto marco de referencia mínimo, esto es, desde el complejo de líneas significativas que de inmediato componen la trama vital de quien juzga. Sería inútil pretender un punto de vista ahistórico, no epocal, no circunstanciado. El mínimo de significaciones del que tenemos que partir, la estructura de señales y referencias que conforma nuestros horizontes de mundo, para decirlo con una conocida fórmula de Heidegger, no es la mera colección de vivencias del presente, que se podrían tomar en forma aislada como una plataforma pura, uniforme o estable de criterios de juicio.
Y es aquí, creo, cuando se ve la importancia de los libros que estamos comentando. El problema de una comunicación generalizada y de la proliferación, uso y abuso de las imágenes es tocado en ellos desde enfoques distintos que vienen a enriquecerse y engarzarse. En el primer libro de la colección, Sociedades Icónicas, se aborda el problema desde el ángulo de la reproducción homogenizadora y peligrosamente internalizada de ciertas imágenes. Es a lo que ha llamado blanquitud Bolívar Echeverria en el texto que abre el libro, refiriéndose a la inseminación altamente extendida (léase impuesta) de una forma de ser “blanco”. Es cierto “encantamiento” de la imagen que no necesita de cuerpo para hacerse presente y ser determinante, como dice Diego Lizarazo en el texto que sigue. Y es a lo que yo mismo me he referido, en el último de los textos que componen este libro, cuando hablo de una “perversión semántica de la imágenes” cuando son utilizadas de forma ideológica en los ámbitos multiculturales actuales.
Lo que hace problemático el asunto es justamente que la “referencialidad fantasmática” de la que partimos, de entrada está contaminada por líneas de significación del pasado, por eventos de una tradición que recuperamos algunas veces queriendo alcanzar su sentido original y otras veces distorsionando o pervirtiendo aquél sentido. La cosa se complica si advertimos que todo motivo de interpretación del pasado tiene que ver con un tironeo o impulso hacia el futuro, digamos, una preparación o predisposición para lo que ha de venir, para las acciones que esperamos llevar a cabo y de las cuales depende, como de una orientación o finalidad siempre posibles, el sentido de lo que hacemos en el presente.
De aquí que sea necesario enfocar históricamente la pregunta por las condiciones éticas de las comunicaciones tal como se presentan hoy día. No es una pregunta, pues, por sus rasgos tecnológicos de punta o por su “boom” empresarial, sino, mucho más allá de estos rasgos de mera actualidad o “éxito” presentes, cuestionamos aquí su estatuto desde el marco de referencias en el que convergen, siempre de manera compleja, recuperación del pasado, acción en el presente y tensión hacia el futuro.
El segundo libro de esta colección, Semántica de las imágenes, aborda, así, el estatuto de la imaginación como facultad temporal, ya desde la perspectiva de su analogicidad e iconicidad intrínsecas (Mauricio Beuchot), ya desde su estructura formal en un discurso que recuerda el clásico tratamiento que le diera Kant (Carlos Pereda), ya desde la mirada de Benjamin y Freud cuando esta mirada se ha declarado “en catástrofe” (Raymundo Mier).
El problema también cobra actualidad cuando, en Icónicas mediáticas, el tercer libro que presentamos aquí , se reflexiona sobre el carácter visual de nuestra cultura en el campo mediático (Mauricio Andino), en el cine como prototipo de esta cultura (Vicente Castellanos) o, más localizadamente, en las representaciones icónicas de los indígenas en la prensa mexicana (Jesús Elizondo).
La discusión sobre la fuerza estética de las imágenes en la vida social, se aborda en el cuarto libro de la colección, Interpretaciones icónicas. Estética de las imágenes, ya en el estudio de de su poética en el mirar y el sentir (Eduardo Andión), en las dialécticas del juego y el sentido en los casos muy concretos del cartel contemporáneo (Diego Lizarazo) o de los cuerpos des-cubiertos de la guadalupana (Margarita Zires).
Volviendo a la cuestión con la que comencé este pequeño texto, y en consonancia con la línea argumental de estos ricos estudios en los cuatro libros, siguiendo el enfoque ético-hermenéutico de Gianni Vattimo, pregunto por la procedencia de la figura simulada de la comunicación actual de las imágenes, referida tanto a los instrumentos massmediáticos como a esa peculiar reconcentración de funciones y decisiones en el mundo de la informática, que es asimismo la reconcentración de controles y fuerzas como mecanismos de poder operantes en la mayor parte de nuestros ámbitos, pululantes de imágenes, de trabajo y entretenimiento, de creación artística y de relaciones comerciales, de representación política y del consumo de bienes.
Cuando digo que quizá las comunicación de las imágenes en nuestros días se han extraviado en su mera representación, en la organización de un teatro de simulación organizado, hablo también desde la amplitud que le da al problema la Escuela de Frankfurt, cuando hace la crítica de un tipo de racionalidad mediática, instrumental, que ha extendido su dominio a la mayor parte de nuestras conductas e instituciones, siendo una razón totalitaria que lo homogeniza todo al nombrarlo o catalogarlo, y que no deja espacio para la expresión de las diferencias personales o locales en su avanzada sistemática e identitaria de “nivelación” de todo lo extraño por lo familiar.
Volviendo a las preguntas iniciales de este comentario, ¿qué es lo que se comunica?, ¿quién o quienes comunican?, y más a fondo, ¿hay acto de comunicación?, pienso que se pueden por lo menos trazar algunos puntos de orientación para tomar distancia respecto a un fenómeno que nos incluye en su dinámica sin dar mucha oportunidad de elección.
El fenómeno actual de la proliferación de las imágenes, la saturación de información como algo cotidiano, y el fácil acceso mediatizado a la reproducción de los modos de vida antes lejanos que todo esto supone, es un fenómeno que nos ubica a priori en un lugar en el mundo. Diremos, modificando un poco una vieja idea del existencialismo, somos seres arrojados, sin haberlo pedirlo, al mundo de la mediatización intensificada de las imágenes.
Precisamente cuando analizamos desde un punto de vista ético el problema de tal ideologización del acto comunicativo, por ejemplo desde la crítica que hace la Escuela de Frankfurt, es inevitable pensar en la homogenización –o globalización, como se dice hoy- a gran escala no sólo de tendencias en los hábitos de vida y en las preferencias de consumo a nivel masivo, sino también de los deseos en el estrato más íntimo de nuestras vidas, así por ejemplo en lo que tiene que ver con la experiencia erótica o con las creencias religiosas. En ambos casos se puede hablar de una intromisión de imágenes o clichés de vida, que han sido ya estandarizados y que operan como controles de las decisiones que determinan estilos de vida en Occidente y las “provincias” occidentalizadas (que hoy prácticamente abarcan todo el orbe).
Se puede decir, como de hecho lo hicieron Vattimo o Baudrillard – o bien de una forma más sencilla Gilles Lipovetzky-, que la dirección que puede tomar una sociedad de “comunicación intensificada”, en donde la informática es el nuevo reino del poder, es la de la liberación de la diferencia, esto es, la liberación de las conductas y estilos de vida más disímbolos, por ejemplo hablando de diversidad en las preferencias sexuales o en los hábitos de consumo. Así, la sociedad contemporánea sería el gran espacio democrático en donde hasta el o la más extravagante, el o la más diversa, podría tener una voz.
Hay que hacer notar que cuando se habla de esta manera, se pone a las comunicaciones en un terreno cuasiutópico de promesa de regeneración o de “espacio de liberación”, y que se pasa por alto el fenómeno generalizado de homogenización o simulación de pluralidad, cuando lo que jala desde abajo es un interés de manipulación político-económica, o de control de las conductas a través de funciones y lugares ya determinados por una enorme dinámica administrativa de lo que es comunicado, por un mecanismo de burocratización totalizante y en avanzada.
El grado de involucramiento en esta dinámica sólo puede ser medido desde una perspectiva crítica que, estando en el medio mismo de los mecanismos de poder y respirando en el mismo ambiente de simulación, opte por un tipo de acción comunicativa que haga circular las verdaderas necesidades y problemas sociales que están por debajo de la instrumentalización o manipulación de las imágenes. Se pueden rescatar, me parece, muchas de las ideas de Kant o Hegel en este sentido, aunque a condición de ser criticadas a su vez por la resistencia nietzschena respecto a la razón totalitaria o absolutista de la modernidad. Estas perspectivas críticas están presentes en varios de los ensayos contenidos en estos libros.
La comunicación se ha extraviado en su mera representación, decíamos al principio de esta presentación. Para salir de este extravío, para reencontrar una orientación mínima, me parece que vale la pena repensar los parámetros por los cuales se guían la mayor parte de nuestras intenciones de reconocimiento, si se me permite la expresión, de funcionalidad en un mundo de funciones, de afán de imagen en un mundo en donde todo es recirculación de imágenes.
Pero, diremos contra el abuso ontologizante que quiere hacer pasar la imagen por realidad (y que se ufana incluso del “asesinato de lo real”, por ejemplo en el llevado y traído lema de Baudrillard), no todo es reflejo o representación, y una comunicación auténtica se hace desde esa fisura del campo de imágenes, digamos desde su fragmentación, por donde se cuela un motivo de intimidad no manipulado, una intencionalidad no funcional, o sea, un contacto entre yo y otro que es, aunque efímero y muchas veces doloroso, la salida de la mediatización niveladora que se presenta como única opción de realidad imaginal.
El compromiso ético de los comunicadores, y he aquí la invitación a la lectura de estos libros, es doble: por un lado, saber jugar el juego de las instituciones y los medios de producción de imágenes, que piden un reconocimiento funcional y otorgan al mismo tiempo una imagen de uso y de consumo para nosotros mismos y de nosotros mismos, una identidad con la que operamos cotidianamente. Pero, sabiendo jugar este juego, no obstante evitar perderse en él, saberlo desarmar estratégicamente desde dentro, no pervertirse por la dinámica del juego de simulación dejándose absorber por entero, ni automarginarse renunciando a toda institución y dinámica de social de referencialidad imaginal, sino, diré con palabras de Derrida, deconstruirla, dislocarla estando en ella y con sus propios recursos.
Por otro lado, buscar las fisuras de las imágenes y funciones de mediatización generalizada, para colar a través de ellas actos de comunicación auténtica, de intimidad no disuelta en el actual tránsito incontrolable de imágenes, sino retenida en uno o en dos. Una intimidad revitalizada cuando se resemantizan las imágenes opacas e ingobernables y se las dota de nuevos sentidos que nos den alguna luz.
Dr. Pablo Lazo Briones.
Universidad Iberoamericana.
22 de Enero de 2008